Haga oír su voz en el debate sobre acceso a la atención médica
Por Mar Muñoz-Visoso
Le duele la cabeza con tanta información y desinformación sobre qué va a pasar con la reforma del sistema de salud? ¿Tentado a sucumbir ante la idea de que los enfermos más necesitados de tratamiento médico, los pobres, los marginados, los inmigrantes van a acabar perdiendo, “como siempre”, frente a poderosos intereses económicos y políticos y se pregunta para qué involucrarse?
La tarea parece dantesca, pero no es el momento de rendirse ni desentenderse. El debate ha llegado a un punto crítico donde la voz de los católicos necesita ser escuchada de forma clara y expresada con fuerza.
Los obispos católicos de Estados Unidos han hablado al unísono sobre los principios que han de guiar este diálogo. Llevan años, décadas, abogando por la reforma de un sistema de salud fragmentado, actualmente caro, lleno de ineficiencias, y que deja a demasiadas personas fuera.
La introducción de diferentes propuestas legislativas (en la actualidad hay varias versiones circulando en la Casa de Representantes y el Senado) reconocen esta realidad. No sólo ha dado oportunidad de presentar la enseñanza católica con respecto al tema sino que, a juzgar por la crispación y por lo complicado del debate, ha hecho la presentación clara de unos principios morales básicos por los que regirse más necesarios que nunca.
Un católico, en buena conciencia, no puede apegarse ciegamente a una propuesta u otra sin pasarlas por el tamiz de los principios fundamentales de la subsidiaridad, la solidaridad y el bien común.
Siguiendo la enseñanza social católica, la Conferencia de Obispos de los Estados Unidos:
- Apoya una cobertura médica universal que proteja la vida y la dignidad de todas las personas, desde la concepción a la muerte natural, especialmente los pobres y vulnerables.
- Se opone a cualquier esfuerzo para expandir fondos públicos para el aborto, o que haga obligatoria la cobertura de procedimientos de aborto, o que no respete el derecho a la libertad de conciencia de los trabajadores de la salud e instituciones religiosas.
- Apoya medidas efectivas que salvaguarden la salud de la sociedad en su conjunto, tales como expandir la elegibilidad para programas de salud pública —como Medicaid— a todas las familias de pocos recursos y ofrecer subsidios adecuados a los que con un poco de ayuda podrían comprar por sí mismos primas de seguro médico y cubrir otros gastos de su bolsillo. Los inmigrantes legales y todas las mujeres embarazadas y los niños, independientemente de su estatus migratorio, deberían ser incluidos.
La urgencia de la situación ha llevado a muchos obispos por todo el país a presentar estos principios para educar a los fieles y al público, animarles a que se involucren en el debate, y también hacer que estén al tanto sobre los peligros, subterfugios y sutilezas escondidos en las diferentes propuestas.
Localmente, cada obispo pone el énfasis donde más le preocupa pero, al final, el mensaje es el mismo: urge reformar el sistema de atención médica en Estados Unidos, pero que no se haga a costa de los pobres, de los niños en el vientre de sus madres, o de la conciencia de médicos, enfermeras y otros trabajadores de la salud.
Hay diferentes formas de llegar a una cobertura universal. Podemos debatir y alcanzar un compromiso sobre cuál es la función propia del gobierno en este asunto.
Busquemos soluciones donde todas las partes implicadas puedan aportar algo y puedan hacerlo de acuerdo con sus convicciones religiosas.
Paremos el ruido y los insultos, y prestemos atención al tema que nos ocupa: la salud de la nación. Como dijo recientemente uno de nuestros obispos hispanos más veteranos, el obispo Ricardo Ramírez, de Las Cruces, Nuevo México, “en nuestro discurso público no permitamos que el enfado ahogue la sabiduría, ni que los eslóganes sustituyan a las soluciones”.
Si en algún país existen los medios para remediar la crisis de la atención médica es en éste. Pero ¿existe la voluntad? La solidaridad y el bien común tienen un precio.
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