Prácticas penitenciales para los católicos de hoy

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En marzo de 2000, el Comité Administrativo autorizó al Committee on Pastoral Practices a elaborar un breve resumen de la disciplina de la Iglesia respecto de las prácticas penitenciales. Este recurso busca promover las observancias del Año del Jubileo emprendidas en todas las diócesis y complementar la Pastoral Statement on Penance and Abstinence (1966) de los Obispos. El Committee on Pastoral Practices está en deuda con el Reverendísimo Robert F. Morneau, obispo auxiliar de Green Bay, por su generosa asistencia y aguda percepción en la redacción del texto. Prácticas penitenciales para los católicos de hoy ha sido aprobado por el Committee on Pastoral Practices el 12 de noviembre de 2000. Su publicación está autorizada por el abajo
firmante.

Monseñor William P. Fay
Secretario general, NCCB/USCC


Las citas bíblicas que se usan en este documento han sido tomadas de la Biblia Latinoamérica, Edición Pastoral, © Bernardo Hurault y Ramón Ricciardi 1972. Coeditan Ediciones Paulinas, Madrid, y E. Verbo Divino, Navarra. Se usan con permiso. Se reservan todos los derechos.

Primera impresión, abril de 2001

Copyright © 2001, United States Catholic Conference, Inc., Washington, D.C. Se ruega fotocopiar y distribuir este recurso.


Durante el Año del Jubileo, nosotros, la Iglesia, centramos nuestra atención en la persona de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador. Nuestro Santo Padre, el papa Juan Pablo II, urgió a todo el pueblo de Dios a crecer en conformidad con Cristo, que nos guía hacia el Padre mediante el don del Espíritu Santo. Una manera importante de crecer en el Señor es observar las prácticas penitenciales que nos fortalecen para resistir la tentación, nos permiten expresar nuestro pesar por los pecados que hemos cometido y nos ayudan a reparar las lágrimas causadas por nuestro pecar.*

Las prácticas penitenciales adoptan muchas formas: disculparse ante los agraviados, sanar las divisiones dentro de nuestras familias, ayunar durante la estación de Cuaresma, o aceptar con humildad las tareas domésticas de la vida. El propósito de la penitencia no es disminuir la vida sino enriquecerla.

Jesús, en el Evangelio de Mateo, nos llama a orar, ayunar y dar limosna: "Cuando recen, no hagan como los hipócritas", "cuando ayunen, no pongan cara triste", "cuando das limosna, no debe saber tu mano izquierda lo que hace tu derecha" (Mt 6:5, 16, 3, respectivamente). Como Iglesia, reflexionamos y rogamos por este llamado cada Miércoles de Ceniza. De una muy profunda manera, los tres ejercicios espirituales identificados por Jesús van dirigidos al cultivo de relaciones.

La oración, el proceso de escuchar y res-ponder al llamado diario de Dios, sostiene y nutre nuestra relación con nuestro Dios trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Sin la oración, personal y en comunidad, esta relación va disminuyendo, a veces hasta el punto del silencio completo de nuestra parte. Cada día el Espíritu de Jesús nos invita a entrar en esta seria conversación que lleva a la bendita comunión.

El ayuno, una forma muy especial de penitencia, y segundo llamado de Jesús, ha sido parte constante de nuestra tradición católica. El ayuno nos ayuda a poner nuestra casa en orden. Todos nosotros tenemos que tratar con áreas de servidumbre: fumar o consumir alcohol, sexualidad mal empleada, juego descontrolado, inhibiciones psicológicas, obsesiones espirituales, uso de estimulantes, uso inmoderado de la internet, excesivas horas ante la televisión o preocupaciones por otras formas de entrete-nimiento. Con el ayuno y la autorrenuncia, llevando vidas moderadas, tenemos más energías que consagrar a los propósitos de Dios y una mejor autoestima que nos ayuda a sentir mayor interés por el bienestar de los demás.

La privación voluntaria del alimento crea en nosotros una mayor apertura al Espíritu de Dios y profundiza nuestra compasión por quienes se ven obligados a no alimentarse. La incomodidad producida por el ayuno nos une a los sufrimientos de Cristo. El ayuno debe traer a la mente los sufrimientos de todos aquellos por quienes Cristo sufrió. Uno puede abstenerse de ciertos alimentos por propósitos estrictamente dietéticos, pero esto no sería penitencia cristiana. Por el contrario, nuestro ayuno y abstención constituyen respuesta a las obras del Espíritu Santo. Con el ayuno sentimos un hambre y sed más profundos de Dios. Paradójicamente, nos damos un banquete ayunando: un banquete con los valores espirituales que guían a las obras de caridad y servicio. ¿No proclamaba el profeta Isaías que tales obras caracterizan el ayuno que desea Dios?

¿No saben cuál es el ayuno que me agrada?
Romper las cadenas injustas,
desatar las amarras del yugo,
dejar libres a los oprimidos
y romper toda clase de yugo.
Compartirás tu pan con el hambriento,
los pobres sin techo entrarán a tu casa,
vestirás al que veas desnudo
y no volverás la espalda a tu hermano.
(Is 58:6-7)
Nuestra celebración semanal —y para algunos, diaria— de la Eucaristía nos ofrece también la oportunidad de ayunar antes de recibir al Señor. Este ayuno eucarístico nos dispone a experimentar más profundamente la llegada del Señor y expresar nuestra seriedad y reverencia por la llegada del Señor en nuestras vidas. Esta práctica, junto con todas las demás prácticas penitenciales, es un medio para un fin: crecer en nuestra vida en Cristo. Cada vez que el medio se convierte en el fin, nos hacemos vulnerables al fariseísmo y la arrogancia espiritual.

El tercer llamado del Señor es dar limosna. Jesús siempre estuvo preocupado por los que eran pobres y necesitados. Se quedó impresionado por una viuda que, aunque teniendo tan poco, compartía sus recursos con los demás: "Créan-me que esta pobre viuda depositó más que todos ellos. Porque todos dan a Dios de lo que les sobra. En cambio, la pobre dio lo que tenía para vivir" (Lc 21:3-4). Ser discípulo de Cristo significa llevar una vida de caridad. Ser discípulo de Cristo es llevar una vida bien administrada, haciendo generosa donación de nuestro tiempo, talento y tesoro.

El triple llamado de Nuestro Señor, a orar, ayunar y dar limosna, contiene una riqueza de interrelaciones. En la oración, el Espíritu Santo, siempre activo en nuestras vidas, nos muestra las áreas en que no somos libres —áreas de penitencia— así como a las personas necesitadas de nuestro cuidado. Mediante el ayuno, nuestro espíritu se abre más para escuchar el llamado de Dios, y recibimos nuevas energías para desempeñar obras de caridad. Dar limosna nos pone en contacto con los necesitados a quienes luego ponemos delante de Dios en la oración.

En el centro de toda penitencia está el llamado a la conversión. El imperativo de Jesús "Tomen otro camino y crean en la Buena Nueva" (Mc 1:15) hace explícita esta conexión entre el auténtico discipulado y la disciplina penitencial. El dis- cipulado, el seguir a Jesús, incluye la disciplina, un firme compromiso de hacer todo lo que se deba hacer para promover el reino de Dios. Vista de esta manera, la virtud de la penitencia no es opcional, tal como la desyerba de un huerto no es opcional para un cuidador responsable. El hortelano está interesado en una cosecha abundante; el discípulo está interesado en una mayor conformidad con la persona de Jesús.

Si asumimos con seriedad la disciplina penitencial que tiene su raíz en el llamado al discipulado, entonces identificaremos momentos y lugares específicos para la oración, la penitencia y las obras de caridad. Crecer en madurez espiritual demanda un cierto nivel de especificidad, pues muestra que tomamos en serio el llamado de Dios a la disciplina y que estamos dispuestos a hacernos responsables de nuestros actos. En nuestra tradición católica especificamos ciertos días y tiempos para trabajos especiales de penitencia: los viernes, en que conmemoramos la muerte del Señor, y la Cuaresma, nuestros cuarenta días de preparación para los misterios de la Pascua.

Rememorando la Pasión y Muerte de Nuestro Señor el Viernes Santo, atribuimos a todos los viernes un significado especial. La autorrenuncia y ofrenda de sí mismo que hizo Jesús nos invitan a entrar libremente en su experiencia privándonos del alimento, soportando humillaciones y perdonando a quienes nos agravian. Mediante la gracia del Espíritu Santo, principal agente de toda transformación espiritual, esto puede hacerse, y hacerse con un espíritu de sereno regocijo. Para los cristianos, el sufrimiento y la alegría no son incompatibles.

El estación de Cuaresma ha sido tradicio-nalmente un periodo de prolongada penitencia para la comunidad cristiana. Juntos nos prepa-ramos para los grandes misterios de la Pascua comprometiéndonos a cumplir nuestro llamado bautismal a la madurez, santidad, servicio y comunidad. Nuestra respuesta a cada llamado exigirá sacrificio, mortificación, ascetismo y negación de nuestro propio albedrío. La mortificación nos ayuda a "hacer morir" las células cancerosas del pecado; el ascetismo inculca una disciplina que nos hace cada vez más libres y responsables. Nuevamente, esta acción y gracia del Espíritu Santo es lo que nos ilumina, nos inflama y nos potencia para vivir con mayor plenitud el camino del discipulado.

Nuestra cultura estadounidense, que enfatiza el tener muchas posesiones y la excesiva preocupación por uno mismo, tiene dificultad para aceptar las prácticas penitenciales de nuestra tradición católica. Las filosofías actuales quisieran hacernos creer que estamos aquí para ser entretenidos y que hemos nacido para estar contentos. El mensaje de Jesús es de servicio: "El Hijo del Hombre no vino para que lo sir-vieran, sino para servir y dar su vida por los hombres, para rescatarlos" (Mc 10:45). En este contexto moderno, cumplimos nuestra misión de evangelización viviendo el Evangelio. Dar testimonio de los valores del Evangelio nos ayuda a transformar nuestra cultura. Nuestra cultura tiene mucha necesidad de justicia y caridad, virtudes que no pueden alcanzarse sin la gracia y la apertura a la conversión. Siempre hay en la mente y el corazón áreas que no han sido convertidas; siempre hay en nuestras estructuras sociales factores que necesitan erradicación, reparación o restitución. Todos nosotros estamos llamados a participar en esta obra evangelizadora de transformar nuestro mundo.

Durante el Año del Jubileo, nuestro Santo Padre nos llamó a la conversión, reconciliación y soli-daridad. Para seguir viviendo este llamado, podríamos asumir las obras espirituales y corporales de misericordia como modelo penitencial. Estas catorce prácticas exigen gran sacrificio y generosidad; a la vez, nos llevan más profun-damente a la conformidad con el Señor. Centrarse en una de estas obras cada semana puede ser una manera práctica de integrarlas en nuestra vida personal, familiar y parroquial.

Obras corporales de misericordia
Alimentar a los hambrientos
Cobijar a los sin techo
Vestir a los desnudos
Visitar a los enfermos
Visitar a los encarcelados
Dar de beber a los sedientos
Enterrar a los muertos

Obras espirituales de misericordia
Convertir a los pecadores
Instruir a los ignorantes
Aconsejar a los indecisos
Consolar a los afligidos
Soportar con paciencia las injusticias
Perdonar los agravios
Orar por los vivos y por los muertos

Las prácticas penitenciales expresan en signos y acciones visibles la conversión interior del corazón. Como estamos llamados por Jesús a darnos enteramente al Padre, la conversión significa una reorientación radical de nuestra vida toda hacia el reino de Dios. Nos apartamos del mal, resolvemos no pecar y confiamos en la asombrosa gracia de Dios. Habrá tristeza por las injusticias pasadas pero profunda alegría en las obras de la gracia.

Al final, nuestra vida en Cristo consiste en amar a Dios con todo nuestro corazón, nuestra mente y nuestra alma, y en compartir el amor de Dios con los demás. Las prácticas penitenciales son esenciales para apartarnos del pecado, creer en el Evangelio y compartir el amor de Dios.

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* Este recurso se presenta como herramienta pastoral para cultivar las prácticas penitenciales en la vida cotidiana. Aunque su enfoque se limita a una discusión de las prácticas penitenciales de la Iglesia, sirve para promover estas prácticas en cuanto íntimamente relacionadas con el sacramento de la penitencia. Exhortamos a todos los fieles a aceptar la invitación del Señor a experimentar la misericordia de Dios mediante el sacramento de la penitencia, que está en el centro de la vida penitencial de la Iglesia.


Apéndice

Celebración del sacramento de la penitencia

Mediante el sacramento de la penitencia, nosotros, los fieles, reconocemos los pecados que hemos cometido, expresamos nuestro pesar por ellos y, tratando de enderezar nuestra senda, recibimos el perdón de Dios y nos reconciliamos con Dios y con la Iglesia.


Estación de Cuaresma

Durante este periodo de cuarenta días cada año, la Iglesia se une con el misterio de Jesús en el desierto. Para prepararnos a celebrar los misterios de la Pascua, durante esta temporada consagramos tiempo para orar, realizar obras de caridad y hacer autorrenuncia cumpliendo más fielmente nuestras obligaciones.


Adviento como periodo de preparación

El Adviento inaugura el comienzo del año litúrgico; es un periodo de cuatro semanas durante el cual la Iglesia se prepara para celebrar la Navidad. El Adviento tiene un doble carácter. Además de ser un periodo de pre-paración para la conmemoración de la primera venida de Jesús al mundo, también se dirige a la Segunda Venida de Cristo al final de los tiempos. El Adviento es una época de regocijo y expectativa espiritual.


Días de penitencia

  • Miércoles de Ceniza—Este día marca el comienzo de la Cuaresma. La imposición de las cenizas es una antigua práctica penitencial que simboliza nuestra dependencia de la misericordia y del perdón de Dios. El Miércoles de Ceniza es un día de ayuno y abstinencia en la Iglesia.

  • Viernes Santo—Cristo sufrió y murió por nuestra salvación un viernes. El viernes que llamamos "Santo", la Iglesia se congrega para conmemorar la Pasión y Muerte de Jesús. Viernes Santo es un día de ayuno y abstinencia. El ayuno del Viernes Santo es el ayuno pascual, un ayuno de anticipación y anhelo por la Pascua del Señor, que debe continuar, de ser posible, hasta el Sábado Santo.

  • Viernes durante la Cuaresma—En Estados Unidos se mantiene la tradición de abstenerse de comer carne todos los viernes durante la Cuaresma.

  • Viernes de todo al año—En memoria del sufrimiento y muerte de Cristo, la Iglesia prescribe hacer de cada viernes de todo el año un día de penitencia. A todos nosotros se nos insta a prepararnos apropiadamente para la Pascua semanal que viene con cada domingo.
Formas de penitencia

  • Oración—En la oración, nos encontramos y caminamos con Dios. Durante la estación de Cuaresma, somos alentados a aprovechar las ocasiones para la oración individual y en común. Las oportunidades para la oración pueden incluir asistir a misa, orar la liturgia de las horas, orar dentro de la familia, visitar una capilla, leer con fervor la Biblia, recitar el rosario u orar ante el Santísimo Sacramento.

  • Ayuno—Absteniéndonos de comer, manifestamos nuestra unidad con el Señor, reconocemos nuestra necesidad de conversión y damos testimonio de nuestra solidaridad con los menos afortunados. Los católicos que tienen dieciocho años o más y se encuentran en buena salud están sujetos hasta cumplir cincuenta y nueve años a la obligación de ayunar en Miércoles de Ceniza y Viernes Santo. Tradicionalmente, la obligación canónica de ayunar ha sido entendida en la Iglesia como el consumo de sólo una comida completa al día.

  • Dar limosna—Esta práctica penitencial conlleva dar dinero u otros recursos en beneficio de los necesitados. Una fuente posible de este dinero es lo que se ha ahorrado con el ayuno u otros medios de autorrenuncia.

  • Abstinencia—En Estados Unidos, esta práctica penitencial consiste en inhibirse del consumo de carne. En la Iglesia Latina la abstinencia es una obligación para los católicos después de haber cumplido los catorce años de edad, y se practica Miércoles de Ceniza, Viernes Santo y los viernes durante la Cuaresma. Se alienta a párrocos y padres a ver que los niños que no están sujetos a la exigencia de ayuno y abstinencia sean llevados a apreciar un auténtico sentido de penitencia.

  • La práctica de la caridad que "cubre una multitud de pecados" (1 Pe 4:8)—Motivados por el amor a Dios y al prójimo, expresamos solicitud mediante diversas obras por los necesitados, especialmente los pobres, los enfermos, los desamparados, los ancianos, los solitarios, los encarcelados, los desalentados, los postrados en cama y los abru-mados de problemas.

  • Obras de misericordia—Mediante acciones caritativas (ver pag. 7) expresamos compasiva atención por otros aliviando sus cargas y atendiendo a sus necesidades corporales y espirituales.

  • Rito penitencial en la misa—Esto es parte del Rito Inicial de la Misa, que sigue al canto de entrada y saludo, y precede a la Gloria y colecta. En este rito, la invitación al arrepentimiento nos permite expresar disposición a escuchar la Palabra de Dios, a celebrar la Eucaristía y a recibir la Eucaristía con espíritu de humildad y contrición.

  • Ayuno eucarístico—El ayuno eucarístico es una antigua costumbre durante la cual nos preparamos a recibir la santa comunión y con la cual mostramos la debida reverencia al sacramento. Se exige a los católicos latinos que gozan de buena salud abstenerse de toda comida o bebida, con excepción de agua y medicinas, por lo menos una hora antes de recibir la santa comunión.

  • Ascetismo—La práctica del ascetismo es una disciplina basada en el autocontrol y la autorrenuncia que ayuda a un individuo o comunidad a alcanzar metas espirituales. Esta disciplina se ejerce con el objetivo de lograr mayor libertad para la auto-donación en el amor. De esta manera, buscamos imitar el total despojo de Cristo.

  • Mortificación—En términos generales, la mortificación se refiere a la radical autorrenuncia y donación incondicional a Dios a que Jesús llamó cuando dijo a sus discípulos: "El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y

  • que me siga" (Mt 16:24). Más específicamente, la mortificación es una forma de disciplina ascética que implica la renuncia a alguna clase de disfrute a fin de alcanzar un mayor desapego de los deseos. La meta de la mortificación es la plenitud de la vida, no la muerte la; la libertad, no la esclavitud.

  • Sacrificios—Uniéndonos al sacrificio de Cristo, libremente nos privamos de tiempo, energía, ocio y otros bienes en favor de los demás.

  • Examen de conciencia—Mediante este proceso de oración y reflexión, pasamos revista al estado de nuestra salud espiritual e identificamos áreas de nuestra vida y de nuestras relaciones en que no estamos actuando de manera verdaderamente cristiana y que necesitan modificarse. Los cristianos hemos de hacer un breve examen de conciencia por la noche antes de retirarnos.

  • Dirección espiritual—Con la guía de un director espiritual, una persona llega a un entendimiento más profundo de su relación con Dios. Se identifican debilidades y fortalezas espirituales con vistas a su efecto sobre el crecimiento espiritual.

  • Estaciones de la Cruz—Esta popular práctica devocional fue desarrollada para permitir a quienes no podían hacer peregrinaje a Tierra Santa seguir los pasos de Jesús por su itinerario desde el juicio hasta el entierro. A lo largo de los siglos los católicos se han detenido a orar en las estaciones de la Cruz, especialmente durante la Cuaresma.

  • El peregrinaje como señal de penitencia—Por siglos la Iglesia ha promovido la práctica del peregri-naje como medio de expiar el pecado y como ayuda para la conversión y santidad personal. Los peregrinos, que viajan a un lugar sagrado específico para conmemorar determinado acontecimiento, se detie-nen a reflexionar sobre dónde han estado y a dónde están yendo en su itinerario de fe. Los peregrinajes reflejan simbólicamente la naturaleza peregrina de la Iglesia, que se encuentra en un continuo itinerario hacia el nuevo y celestial Jerusalén.
Ejemplos de expresiones de penitencia

  • Esfuerzos de reconciliación con un familiar o vecino

  • Lágrimas de arrepentimiento

  • Preocupación por la salvación de nuestras hermanas y hermanos

  • Oración a los santos por su intercesión

  • Paciente aceptación de la cruz que debemos cargar para ser fieles a Cristo

  • Defensa de la justicia y el derecho

  • Admisión de las faltas ante Dios y mutuamente

  • Corrección recíproca

  • Ofrecimiento y aceptación de perdón

  • Entereza ante la persecución en pro del reino de Dios

  • Desarrollo de un espíritu de penitencia

  • Testimonio de una manera cristiana de vivir

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