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"Es el propio Cristo el que de nuevo los envía . . . para que, con las diversas formas y maneras del único apostolado de la Iglesia, que deberán adaptarse constantemente a las nuevas necesidades de los tiempos, se le ofrezcan como cooperadores en la obra del Señor . . . "
Decreto sobre el Apostolado de los Laicos 33)
Contents
Oración
Introducción
El Llamado a la Santidad
El Llamado a Ser Comunidad
El Llamado a la Misión y al Ministerio
El Llamado a la Madurez Cristiana
Selección de Recursos Adicionales
Dios
de amor y misericordia, nos llamas a ser tu pueblo,
nos regalas tu abundante gracia.
Haznos un pueblo santo, que radia la plenitud de tu amor.
Moldéanos en una comunidad, un pueblo que se interesa y expresa tu compasión.
Recuérdanos día a día el llamado bautismal a servir, con alegría y valor.
Enséñanos a crecer en sabiduría, gracia y alegría en tu presencia.
Por Jesús y en Su Espíritu, hacemos esta plegaria.
¿Qué dice el Espíritu al mundo de hoy por medio de la Iglesia en los Estados Unidos, especialmente a través de la vida de las mujeres y hombres laicos?
En 1980, nosotros los obispos, escuchamos el mensaje de ese mismo Espíritu Santo. En nuestra declaración pastoral Elegidos e Iluminados, reconocimos y reflexionamos sobre las maneras en que hombres y mujeres laicos respondían al llamado del Señor y usaban sus talentos para desempeñar un papel activo y responsable en la misión de la Iglesia.
Ahora, quince años después de Elegidos e Iluminados tomamos los cuatro "llamados" de esa declaración—a la santidad, comunidad, misión y ministerio, y madurez cristiana/adulta—y los ponemos al día a la luz de las enseñanzas de la Iglesia, la pastoral y las condiciones cambiantes en el mundo. También identificamos varios compromisos, y sugerimos cuestiones para la reflexión individual y en grupo.
En Elegidos e Iluminados nos dirigimos a toda la Iglesia, pero nos concentramos en los laicos y les invitamos a responder con lo que "debería ser una continuación." En consultas, diálogo estructurado, correspondencia e informes, lo hicieron con honestidad e integridad.
Ahora, con el beneficio de quince años adicionales de consultas con el laicado, nos dirigimos nuevamente a toda la Iglesia, con énfasis en la vocación y misión de las personas laicas. Además, invitamos a todos los miembros de la Iglesia—hombres y mujeres laicos en la vida secular, la vida consagrada y los ordenados—a continuar ese diálogo entre ellos y con nosotros.
En esta declaración recordamos con gratitud el Concilio Vaticano Segundo y nos preparamos con esperanza para el tercer milenio. Creemos que el camino de la Iglesia hacia el nuevo milenio está marcado por el seguimiento fiel del Espíritu en medio del pueblo de Dios.
"La vida según el Espíritu, cuyo fruto es la santificación (cf. Rm 6:22; Ga 5, 22), suscita y exige de todos y de cada uno de los bautizados el seguimiento y la imitación de Jesucristo, en la recepción de sus Bienaventuranzas, en el escuchar y meditar la Palabra de Dios, en la participación consciente y activa en la vida litúrgica y sacramental de la Iglesia, en la oración, individual, familiar y comunitaria, en el hambre y sed de justicia, en el llevar a la práctica el mandamiento del amor en todas las circunstancias de la vida y en el servicio a los hermanos, especialmente si se trata de los más pequeños de los pobres y de los que sufren" (Christifideles Laici, n. 16)
El Testimonio de Vidas de Santidad
Durante los últimos quince años los fieles laicos cristianos han hecho una gran contribución al legado espiritual de la Iglesia, aumentando nuestro conocimiento de lo que significa ser llamado a la santidad, es decir, ser llamado a una unión cada vez más íntima con Cristo (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2014). Su unión con Cristo es evidente en una conciencia más profunda de las dimensiones espirituales de la vida.
San Pablo escribió a su amigo, colega y co-discípulo, San Timoteo, que el valor de la espiritualidad es inmensurable porque contiene una promesa para la vida presente y la futura (ver 1 Tim 4:8).
Hemos oído el testimonio de muchas personas laicas que han descubierto la sabiduría de las palabras de San Pablo y que comprenden que todos compartimos la misma vocación a la santidad. Ellos conocen, en la profundidad de su corazón, cual es la enseñanza del Concilio Vaticano Segundo: "Una misma es la santidad que cultivan, en los múltiples géneros de vida y ocupaciones, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios" (Lumen Gentium, n. 41).
Aunque cada vez más la espiritualidad es un aspecto explícito de la vida cristiana, "la visión espiritual" no es suficiente de por sí. El llamado a la santidad requiere esfuerzo y compromiso a vivir las Bienaventuranzas. Hemos visto esta espiritualidad activa en la vida de numerosas personas laicas y hemos escuchado sus historias.
Cómo se viven los retos y las alegrías de la vida en el Espíritu depende mucho de las realidades concretas de la vida de uno. El ámbito en el que con más frecuencia las personas laicas encuentran a Cristo es en el matrimonio cristiano y en la vida en familia. Creemos que el matrimonio cristiano es vocación, sacramento, alianza y misión. En el sacramento del matrimonio Cristo se hace presente de manera especial a los cónyuges, a los miembros de la familia y a la sociedad toda. La familia cristiana es una señal y un medio de unidad y solidaridad en nuestro mundo. La intimidad del matrimonio, el cuidado total de los padres por sus hijos, la lucha de las familias con uno solo de los padres, las relaciones de los célibes con los miembros de sus familias o amistades, la batalla contra las toxicomanías, el reto de cuidar con dignidad y amor a los miembros ancianos de la familia, la aceptación de la pérdida—son todos reconocidos como medios para la gracia.
Los laicos también hablan de la parroquia como un lugar donde ellos sienten al Dios vivo. En los sacramentos, especialmente la Eucaristía, en orientación y dirección espiritual, y en el estudio y grupos de oración la gente llega a conocer el poder del Espíritu. Algunos han descrito cómo estaban alejados de la Iglesia por muchos años, y un día cruzaron el portal de una parroquia en búsqueda de "algo" que no siempre podían identificar. Allí encuentran el amor de Dios visible en el culto, en el Sacramento de la Reconciliación, en una comunidad con inquietudes y en el servicio a los pobres. Y se sienten animados a volver una y otra vez.
En su trabajo—la enseñanza, la cosmética, la medicina, las artes, la pintura de casas, los bienes raíces—los laicos descubren el significado y el sentido de la misión, relacionando su labor a su vida espiritual. El ámbito de su trabajo, no importa lo diverso que sea, muchas veces les ayuda a ir más allá de la absorción en sí mismos hacia el interés activo por los demás.
Para las personas laicas de todas las edades, la naturaleza revela las maravillas de Dios. Las personas mayores confinadas a sus hogares meditan en el cambio de las estaciones y ven cómo Dios renueva todas las cosas (ver Apoc 21:5). Los niños observan la naturaleza y el universo y ven al Creador en acción. Los jóvenes desean cuidar el medio ambiente y dar buen ejemplo de responsabilidad. Las oraciones de alabanza que se elevan de parte de hombres, mujeres y niños son un eco del salmista: "Aplaudan juntos los ríos y alégrense los montes, delante del Señor que ya viene . . ." (Sal 98).
Un hilo común en los recuentos de los laicos de su vida espiritual es la primacía de las relaciones. Los lazos de familia y amistades, de vecindarios y parroquias son vitales para mujeres y hombres laicos. Estas relaciones les ayudan a formar lazos cada vez más profundos con Jesucristo.
Formados en el Sufrimiento
Con frecuencia una persona puede "seguir en su jornada" porque ha sido moldeado espiritualmente por el sufrimiento. Para los cristianos, el sufrimiento es esperanza y reto.
San Pablo escribe: "Nos sentimos seguros hasta en las pruebas, sabiendo que de la prueba resulta la paciencia; de la paciencia, el mérito, y el mérito es motivo de esperanza (Rom 5:3-5). Los laicos de nuestra Iglesia están movidos a actuar en favor de los necesitados porque conocen a Cristo en la profundidad de su propio sufrimiento. Algunos han sido traicionados por sus cónyuges. Otros, muchos de los cuales son mujeres, han padecido abuso físico y emocional. Los niños han tenido que adaptarse a padres divorciados o separados. Y los padres se han sentido impotentes cuando sus hijos dejan la Iglesia, se convierten en toxicómanos o aceptan una ética de sexualidad casual. Aún otros han sentido prejuicio o discriminación debido a su idioma o raza. Cuando se pierde el trabajo, el hogar o a un ser querido, también encuentran la abundante misericordia de Dios; ellos saben lo que es la esperanza de la cual habla San Pablo.
En la oscuridad que los rodea descubren la luz de Cristo y la verdad que "El camino de la perfección pasa por la cruz" (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2015). Están listos a ayudar a los demás en el camino y al hacerlo se convierten en signos de esperanza.
Al entrar el tercer milenio es posible que veamos más sufrimiento colectivo. Los estadounidenses tendemos a creer que una planificación eficaz puede reducir o hasta eliminar ciertos tipos de sufrimientos. La experiencia muchas veces nos muestra lo contrario. Nuevas enfermedades, persistente inestabilidad económica, grandes movimientos de personas desplazadas y múltiples guerras son reales ahora y pondrían aumentar. A menor escala, el diálogo civilizado está desapareciendo rápidamente y la calumnia y la detracción aumentan. Muchas veces, palabras duras enraizadas en el prejuicio, llevan a actos violentos que destruyen comunidades enteras.
¿Cómo puede la Iglesia enfrentarse a estos retos con esperanza realista? Los líderes eclesiales pueden continuar denunciando y actuando en contra de la injusticia social que causa tanto sufrimiento. Otra alternativa es que toda la Iglesia, especialmente sus líderes, ordenados y laicos, reconozca su complicidad en el sufrimiento de otros y pida perdón cuando sea necesario. En preparación para el tercer milenio, nuestro Santo Padre ha dado ejemplo pidiendo a la Iglesia que se arrepienta de "errores, infidelidades, incoherencias y lentitudes" (Tercio Millennio Adveniente, n. 33). Nosotros los obispos trataremos de seguir ese ejemplo.
El testimonio de los laicos también nos da esperanza. Su presencia dentro del tejido de la sociedad puede ser fuente de consuelo y fortaleza frente a las grandes necesidades humanas. Los laicos están "en la línea más avanzada de la vida de la Iglesia; . . . deben tener conciencia, cada vez más clara, no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia; es decir la comunidad de los fieles sobre la tierra bajo la guía del jefe común, el Papa, y de los obispos en comunión con él. Ellos son la Iglesia" (Christifideles Laici, n. 9 citado en Catecismo de la Iglesia Católica, n. 899).
Además de los actos de santa compasión—no importa lo bueno que sean—los laicos están llamados a enfrentarse a los elementos injustos de los diversos sistemas sociales. Están llamados por Dios a aplicar los principios cristianos al gobierno, a las investigaciones médicas, a los servicios sociales, a la educación, a los medios de comunicación—en resumen, a todas aquellas instituciones humanas que existen para ayudar a las personas a realizar su dignidad innata.
Por el Servicio Generoso
La generosidad es en verdad una señal de santidad. Durante los últimos quince años miles de hombres y mujeres laicos han dado, de diversas maneras, su tiempo y energía con gran generosidad. Su servicio en misiones domésticas y extranjeras es particularmente notable. Nos regocijamos de manera especial con el gran número de jóvenes adultos que dedican uno o más años a la Iglesia o al servicio público. Sus relatos de compasión desinteresada contrastan enormemente con las imágenes prevalecientes de los éxitos y la adquisición individualista. Sus acciones son ejemplos vivos de cómo dar respuesta al llamado del Santo Padre a los jóvenes para que sean señales de esperanza. No están atrapados en el materialismo, como algunos dicen, sino que se van dando cuenta que Cristo se muestra de manera especial a través de los pobres y desamparados.
Aunque no todos son llamados a esta forma de servicio, todos—clérigos y laicos—podemos sentirnos motivados por ese ejemplo a examinar nuestro comportamiento y opciones de cada día sobre lo que compramos, las diversiones y el entretenimiento que seleccionamos, y las otras comodidades que buscamos—es decir, como usamos nuestros recursos materiales.
En la Vida Sencilla
La familia humana confronta grandes opciones en su estilo de vida. Con el creciente cruce de los asuntos económicos y ecológicos, vemos más claramente que los recursos de la tierra no son ilimitados. Las naciones industrializados consumen más y más de lo que Dios ha creado para el disfrute de todos, mientras que los naciones en desarrollo apenas pueden sostener sus poblaciones.
¿Qué se puede hacer? La enseñanza bíblica sobre la beneficencia de la creación, la responsabilidad humana de administrar los dones de Dios y un corazón completamente contrito son recursos importantes, necesarios para establecer una economía justa, sostenible y responsable ecológicamente. Además, la tradición eclesial de simpleza, encarnada en los carismas originales de las órdenes religiosas merece reflexión y diálogos serios para resolver ese desequilibrio.
Compromisos para el futuro
Debido a que el llamado de los laicos a la santidad es una vocación en el sentido más amplio de la palabra, exige y presenta compromisos. Muchos compromisos provienen del llamado a la santidad en la víspera de una nueva era, pero subrayamos tres que son particularmente apropiados para nuestro tiempo: (1) ligar explícitamente la santidad con el servicio, especialmente de los pobres y desamparados; (2) reconocer que el sufrimiento humano—tan integral a la vida de los laicos—puede servir de catalizador para que se pueda llevar a cabo el ministerio sanador de la Iglesia en diversas formas; (3) volver a apropiarse de la tradición eclesial de un estilo de vida sencillo a la luz de las necesidades urgentes de justicia, y al mismo tiempo preservar la tierra para nosotros y para las generaciones venideras.
El llamado de los laicos a la santidad es un regalo del Espíritu Santo. Su respuesta es un regalo para la Iglesia y para el mundo.
Preguntas Para El Diálogo
- ¿De qué maneras crees que "sientes" a Dios en tu vida diaria?
- ¿Te sientes llamado a responder a algún aspecto de la necesidad humana? ¿Cuál?
- ¿Cómo te prepara tu experiencia, incluyendo el sufrimiento, para llevar a cabo el ministerio sanador de Cristo?
- ¿Qué cambios son necesarios para vivir más sencillamente: en tu hogar? ¿en la Iglesia? ¿en la nación?
"La comunión de los cristianos entre sí nace de su comunión con Cristo: todos somos sarmientos de la única Vid, que es Cristo." (Christifideles Laici, n. 18)
La Comunidad Cristiana en la Familia y la Parroquia
La renovada infusión del Espíritu de Pentecostés en nuestro tiempo ha evocado una gran deseo de vivir en una comunidad cristiana más profunda. Ese fue el caso cuando presentamos Elegidos e Iluminados en 1980 pero ahora es mucho más evidente. Notamos, por ejemplo, el crecimiento de los grupos que comparten su fe, grupos de estudio y apoyo, asociaciones laicas y movimientos, así como el aumento en el número de personas laicas que se unen a los institutos seculares, asociaciones piadosas y terceras órdenes.
Sobre todo, la gente está deseosa de sentir comunidad en su familia y en su parroquia. Ambas son básicas y esenciales para vivir una vida cristiana plena. Ambas comunidades—la iglesia doméstica y la iglesia parroquial—tienen compromisos: vivir fielmente, en particular cuando hay cambios que interrumpen costumbres cómodas; ofrecer vida al dar la bienvenida a los niños y al extender ayuda a los necesitados; y crecer en reciprocidad, es decir, en la realización de nuestra igualdad como personas creadas a imagen de Dios. Al vivir estos compromisos y respondiendo a ellos con humildad se forjarán comunidades cristianas vitales.
Más allá de la íntima comunidad de la vida familiar, la parroquia es para la mayoría de los católicos la experiencia principal de comunidad cristiana que les permite expresar su fe, crecer en unión con Dios y los demás y continuar la misión salvífica de Cristo. Hemos acogido la renovación de todos los aspectos de la vida y el ministerio parroquial, que se debe en gran parte a un laicado informado y comprometido y muchas veces animado por sus pastores y sacerdotes impregnados del espíritu del Concilio Vaticano Segundo. Además, el aumento de personas de diferentes culturas y razas ha lanzado un reto a las parroquias, diócesis y comunidades no sólo a presentar una mesa más extensa y acogedora sino también a descubrir cómo la diversidad construye el Cuerpo de Cristo. Las congregaciones afro-americanas han hecho muchos descubrimientos sobre su legado en asuntos de culto y han enriquecido la vida litúrgica católica. "Todos nosotros, ya seamos judíos o griegos, esclavos o libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un único cuerpo" (1 Cor 12:13-14).
Pequeñas Comunidades de Fe
Un nuevo y prometedor desarrollo, que muchas veces ocurre dentro del contexto de la renovación parroquial ha sido la formación de pequeñas comunidades eclesiales que dan testimonio de la "gracia creativa de Dios en acción" y son "fuente de gran esperanza para toda la Iglesia" (Comunión y Misión, p. 1). La movilidad de nuestra población, las tensiones de la sociedad en que vivimos y, frecuentemente, el tamaño de las parroquias son factores que hacen que la gente desee participar en la vida y el ministerio de la Iglesia en grupos pequeños.
Pequeñas comunidades eclesiales se forman de varias maneras. Algunas veces, la gente se siente atraída por ellas en un proceso de renovación parroquial o mediante uno de los movimientos o asociaciones laicas que proporcionan a sus miembros la experiencia de comunidad cristiana. El Rito de Iniciación Cristiana para Adultos (RICA) puede llevar a los miembros de una parroquia a convertirse en una pequeña comunidad que invita y catequiza a los que están considerando unirse a la Iglesia. Otras comunidades se organizan en barrios o se basan en grupos naturales que existen dentro de una parroquia.
Las pequeñas comunidades eclesiales no sólo nutren la fe de los individuos, sino que son células vivas que forman el Cuerpo de Cristo. Son signos e instrumentos de unidad, y como unidades básicas de la parroquia, sirven para aumentar la vida y la misión comunitaria de la parroquia compartiendo en esa vida sus talentos y apoyo con generosidad.
Basándose en un debate global sobre las pequeñas comunidades eclesiales que tuvo lugar en el sínodo de 1987 sobre la vocación y misión de los fieles laicos, el Papa Juan Pablo II urgió a las autoridades eclesiales locales a fomentar estas comunidades "vivas" por que en ellas "los fieles pueden comunicarse mutuamente la Palabra de Dios y manifestarse en el recíproco servicio y en el amor; estas comunidades son verdaderas expresiones de la comunión eclesial y centros de evangelización, en comunión con sus Pastores" (Christifideles Laici, n. 26).
En todos los casos las pequeñas comunidades eclesiales auténticas se caracterizan por: obediencia a la Palabra de Dios, oración común, compromiso mutuo de tiempo para establecer relaciones personales, participación valiosa en la vida de su parroquia local, alguna forma de misión apostólica a la sociedad en general, unión a la fe católica y una relación explícita de comunión con la Iglesia.
La creciente presencia hispana/latina y asiática en nuestro país, tanto como la influencia de otros grupos étnicos, ha dado un ímpetu creador a la formación de pequeñas comunidades eclesiales. Al hacerse la Iglesia más multicultural, estas pequeñas comunidades pueden ayudar a los laicos de diferentes orígenes a conocerse mutuamente con confianza y a crear lazos de solidaridad, compromiso con la misión y nuevos líderes.
Compromisos para el Futuro
(1) Los líderes pastorales deberán sentirse comprometidos a servir a los laicos ayudándolos a desarrollar y a sostener pequeñas comunidades cristianas—incluyendo las que se basan en carreras y profesiones. Los laicos también deberán asumir un papel de liderazgo junto a sus párrocos para desarrollar esas comunidades de fe, llevando sus propios talentos y sabiduría adquiridos en la familia y el trabajo para renovar la Iglesia. En ningún caso, sin embargo, las pequeñas comunidades eclesiales deberán olvidar sus raíces en la familia—la primera Iglesia y su forma más básica—ni cortar sus lazos con la comunidad de fe más amplia presente en la parroquia y en la diócesis.
(2) Los laicos están llamados a participar en una "nueva evangelización." Esto quiere decir compartir las buenas noticias de Jesús personalmente mediante el testimonio de nuestra vida. Sin embargo, la nueva evangelización va "dirigida no sólo a cada una de las personas, sino también a grupos enteros de poblaciones en sus más variadas situaciones, ambientes y culturas (Christifideles Laici, n. 34). Su propósito es trasformar, mediante el poder del Evangelio, los valores, juicios, modos de acción, fuentes de inspiración y modelos de vida que no están de acuerdo con la Palabra de Dios y el plan de salvación (cf. Evangelii Nuntiandi, n. 19), y afirmar la acción de Dios en el mundo de hoy.
(3) Las pequeñas comunidades eclesiales ofrecen una manera importante y única de formación para la nueva evangelización. Ellas fortalecen a sus miembros a perseverar en la fe y en su misión, proporcionando también inspiración y apoyo práctico. Para participar en la nueva evangelización, sin embargo, se requiere que los miembros de esas comunidades estén listas para actuar en el mundo fuera de la comunidad así como para profundizar sus relaciones dentro de ella. Para que la pequeña comunidad sea una verdadera expresión del misterio de la Iglesia, tienen que ser una comunión del pueblo de Dios viviendo la misión de Jesucristo en el poder del Espíritu (Comunión y Misión, p. 8).
Preguntas Para El Diálogo
- ¿Cuáles son para ti los elementos más importantes de la vida parroquial que crean comunidad entre los laicos? ¿Qué deseas recibir de tu parroquia? ¿Qué puedes/debes aportar a tu parroquia—tiempo, talento, tesoro?
- ¿Qué experiencia de la comunidad cristiana has tenido (p. ej., Cursillo, Movimiento Familiar Cristiano, grupos de estudio bíblico, Focolare, RENOVACIÓN, la renovación carismática)? ¿Qué valor tiene para tu crecimiento cristiano la pequeña comunidad?
- ¿Cómo se relacionan las pequeñas comunidades eclesiales que conoces con la parroquia? ¿Cómo se relacionan con la familia?
- ¿Cómo piensas que la pequeñas comunidades cristianas pueden ayudar a los laicos a participar en la "nueva evangelización"?
El Llamado A La Misión Y Al Ministerio
"Los ministerios presentes y operantes en la Iglesia, si bien con modalidades diversas, son todos una participación en el ministerio de Jesucristo, el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas, el siervo humilde y totalmente sacrificado por la salvación de todos". (Christifideles Laici, n. 21)
Participación en la Vida de la Iglesia y la Misión como Sacramento de Cristo en el Mundo
Mediante el sacramento del Bautizo, la Confirmación y la Eucaristía cada cristiano ha sido llamado a participar activa y responsablemente en la misión salvífica de la Iglesia en el mundo. Además, en esos mismos sacramentos, el Espíritu Santo derrama sus dones que hacen posible que cada hombre y mujer cristianos puedan ejercer diferentes ministerios y formas de servicio que se complementan mutuamente y son para el bienestar de todos (cf. Christifideles Laici, n. 20).
Todos tienen la responsabilidad de responder al llamado a la misión y a desarrollar los talentos que han recibido para compartir con la familia, el lugar de trabajo, la comunidad cívica y la parroquia o diócesis. Una responsabilidad paralela existe dentro del liderazgo de la Iglesia "han de reconocer y promover los ministerios, oficios y funciones de los fieles laicos, que tienen su fundamento sacramental en el Bautismo y en la Confirmación, y para muchos de ellos, además en el Matrimonio" (Christifideles Laici, n. 23).
El Santo Padre enseña que cualquier ministerio, oficio o función ejercido por los laicos deberá serlo "en conformidad con su específica vocación laical" (Christifideles Laici, n. 23). Esto, según el Concilio Vaticano Segundo es que "los laicos hacen presente y operante a la Iglesia en aquellos lugares y circunstancias en que sólo puede llegar a ser sal de la tierra a través de ellos" (Lumen Gentium, n. 33). Un ejemplo que sobresale es en la familia dónde según el Papa Juan Pablo II el trabajo de "la evangelización que los padres cristianos llevan a cabo es único e irremplazable" (Familiaris Consortio, n. 53).
Las iglesias cristianas de hoy deben transmitir la importancia del testimonio y del servicio laico dentro de la familia y de la vida profesional, social, política y cultural de la sociedad. Una parroquia o congregación efectiva ayudará a sus miembros a hacer conexiones entre el culto y el trabajo, entre la liturgia y la vida en familia, comunidad y lugar de trabajo. Por esta razón, los ministerios eclesiales—especialmente los clérigos—están llamados a fortalecer y equipar a los laicos para que sean testigos de Cristo, actuando con el poder de Aquel que es el Buen Pastor y el siervo humilde de todos. Podemos unirnos a esta causa común con todas las iglesias cristianas para lograr esta meta.
El Ministerio Laico en la Iglesia
Cuando se publicó Elegidos e Iluminados estábamos empezando a sentir la marea de mujeres y hombre laicos con preparación profesional que ponían sus talentos y carismas al servicio de la Iglesia. Esas personas a veces reciben el título de ministros eclesiales laicos.
En el curso de estos quince años, hemos visto un gran número de personas laicas participar en la liturgia como cantores y directores de música, lectores, ministros eucarísticos y ayudantes en el altar. Además, en algunos lugares, los laicos tienen la responsabilidad de dirigir el culto dominical cuando el sacerdote está ausente. Hombres y mujeres de todas las edades participan en estos ministerios que a la vez pueden ser medios de formación espiritual y religiosa para ellos. Al estudiar las Escrituras que luego ellos proclamarán, al coordinar los textos musicales con los tiempos litúrgicos o al estudiar la teología eucarística se ven afectadas sus mentes y espíritus. Estar impregnados de la Palabra y del Sacramento es una manera clásica de transformar el espíritu humano; la gracia de esos momentos es la transformación de muchos laicos.
Los fieles laicos participan en ministerios de otros tipos que también son formativos. Comparten la fe de la Iglesia al enseñar a jóvenes y también a adultos; sirven en redes de paz y justicia, en cocinas y refugios comunitarios, en preparación matrimonial, en programas de duelo y en el ministerio a los separados y divorciados. Todas esas acciones, cuando se hacen en nombre de Jesús, y se realizan bajo el escudo de la Iglesia son formas de ministerio. Investigaciones recientes indican que al menos la mitad de nuestras parroquias tienen personas laicas o religiosos con votos entre su personal pastoral. En algunas instancias, el liderazgo pastoral diario de una parroquia ha sido confiado a los laicos cuando el párroco residente está ausente. En verdad, las necesidades pastorales de este momento son resueltas con generosidad y eficacia por muchos tipos de ministros laicos eclesiales.
El ministerio laico es una realidad que va más allá de la parroquia. Muchas instituciones de la Iglesia, desde universidades y sistemas escolares hasta los tribunales matrimoniales, servicios sociales y de cuidados médicos hasta las casas de formación, se benefician de la experiencia y dedicación de mujeres y hombres católicos ejerciendo un ministerio designado. La misión de la Iglesia se lleva a cabo y en lugares lejanos por todos estos ministros laicos que sin descansar sirven a la Iglesia y al pueblo de Dios. Nos unimos a los párrocos y a los fieles expresando nuestra gratitud por este desarrollo.
Los ministros laicos hablan de su labor, de sus servicios, como un llamado, no solo un trabajo. Ellos creen que Dios los ha llamado a su ministerio y muchas veces es un sacerdote de la parroquia quien les ayudó a discernir ese llamado.
Compromisos para el Futuro
Nosotros, y todos los líderes pastorales, sentimos estos compromisos:
- Desarrollar y ofrecer los recursos necesarios para ayudar a los laicos, tanto a los que forman parte del personal retribuido como a los voluntarios, a prepararse para el ministerio eclesial. Los ministros laicos han invertido en su propia educación y preparación para el ministerio y necesitan el apoyo de la Iglesia;
- Actuar con justicia en el lugar de trabajo y proporcionar salarios adecuados. Es a veces difícil para los ministros laicos mantenerse a ellos mismos y a sus familias;
- Incorporar ministros laicos de las minorías en el liderazgo eclesial; y
- Asegurar que la Iglesia se convierta en una administradora ejemplar de todos sus recursos humanos. Unidos a toda la Iglesia damos gracias porque la Iglesia ha sido bendecida con tantos laicos que se sienten llamados al ministerio eclesial sin dejar de orar por las vocaciones al sacerdocio, al diaconado y a la vida consagrada. También reconocemos que Dios bendice a la Iglesia con vocaciones laicas al ministerio.
Hay un reto que es la base de todos los demás. Es la necesidad de promover la colaboración respetuosa, que lleva al apoyo mutuo en el ministerio, entre clérigos y laicos por el bien de la Iglesia de Cristo y su misión en el mundo. Esta es una tarea enorme que requiere cambios en los modelos de reflexión, comportamiento y expectativas entre los laicos y también los clérigos. Como conferencia episcopal, extenderemos nuestros estudios y diálogo concerniente al ministerio laico para entender mejor los asuntos críticos y encontrar vías efectivas para resolverlos. La nueva evangelización será una realidad sólo si los miembros ordenados y laicos de entre los fieles de Cristo entienden que sus funciones y ministerios son complementarios y sus metas están unidas a la única misión y ministerio de Jesucristo. Su plegaria durante la Última Cena tiene que ser nuestra plegaria, "Que todos sean uno". La colaboración en el ministerio es una manera de realizar esa unidad.
Preguntas Para El Diálogo
- ¿Cuándo sentiste que alguien te ofreció su ministerio? Basado en esa experiencia, ¿qué conclusiones sacas de lo que significa el ministerio y cuál es su propósito?
- ¿En qué áreas de tu vida respondes al llamado al ministerio? ¿Qué ayuda necesitas recibir de la Iglesia para responder a tu llamado?
- ¿Cómo podrían los ministros ordenados y los laicos colaborar más efectivamente y ofrecer ayuda mutua en el ministerio?
- ¿Cómo sigues siendo educado y formado en la fe católica desde que eres adulto?
El Llamado A La Madurez Cristiana
"La imagen evangélica de la vid y los sarmientos nos revela otro aspecto fundamental de la vida y de la misión de los fieles laicos: la llamada a crecer, a madurar continuamente, a dar siempre más fruto". (Christifideles Laici, n. 57)
La santidad, la comunidad y el ministerio son facetas de la vida cristiana que alcanzan su expresión plena sólo por medio del desarrollo y crecimiento hacia la madurez cristiana. Este cuarto llamado de nuestra reflexión sobre los laicos es, en su totalidad, un gran compromiso para la Iglesia en el umbral del nuevo milenio. Para los laicos, el compromiso "está como entretejido en su existencia" (Lumen Gentium, n. 31).
En verdad, la dinámicas ordinarias de la vida—el cuidado de la familia, las responsabilidades del trabajo, el ejercicio de los deberes como ciudadanos—exigen crecimiento y madurez. Pero señalamos en particular ciertas actitudes y comportamiento que marcan nuevos niveles de madurez necesarios para las mujeres y los hombres católicos laicos en el tercer milenio.
Cuidado de los Niños
Personas maduras cuidan activamente de las generaciones futuras. La madurez cristiana requiere que todos nosotros, laicos y ordenados, proporcionemos la mejor catequesis posible a nuestros niños y jóvenes. En el pasado prometimos nuestro apoyo a padres y a familias que buscan desempeñar su responsabilidad como educadores primarios de sus hijos. Renovamos esa promesa. La revitalización del ministerio juvenil, que ha venido realizándose desde que el Papa Juan Pablo II visitó Denver durante la Jornada Mundial de la Juventud en 1993, es una señal maravillosa de cómo los adultos pueden cuidar a los jóvenes.
Nos damos cuenta, sin embargo, que estamos viviendo momentos turbulentos y difíciles y muchos niños carecen de la presencia estable de una familia. La enseñanza social de la Iglesia en lo que se refiere al bien común sugiere la necesidad de que todos los adultos se hagan conscientes de sus responsabilidades hacia los jóvenes que son parte de su mundo, especialmente los incapacitados y los no-nacidos que son los más desamparados.
Personas maduras de fe pueden promover la sobrevivencia natural de niños y jóvenes que viven en circunstancias tensas. Un abuelo, un hermano mayor, un maestro, un bibliotecario, un entrenador o un vecino—cada uno de ellos puede sacar tiempo para escuchar a un niño o joven y despertar en ellos la esperanza. Con frecuencia son esos contactos informales y compasivos los que ayudan a un niño o a un joven a descubrir el significado en su vida y conseguir la energía que les impulsa hacia adelante.
Un gran compromiso para el tercer milenio es hacer que la Tradición Católica viva en los corazones, las mentes y los espíritus de las nuevas generaciones. Nadie puede hacer esto solo; la gracia de Dios es el contexto y el medio. Todos somos llamados a la tarea de pasar la fe de nuestras madres y padres, de los mártires y de los santos.
Educación Religiosa y Teológica
En los últimos quince años muchos de los fieles laicos han ido más allá del aprendizaje en "el laboratorio de la vida ordinaria" a una educación sistemática en teología, Escrituras, vida espiritual, estudios religiosos y dirección espiritual. Este desarrollo ha sido beneficioso para un número creciente de mujeres y hombres laicos quienes, a su vez, han ayudado a toda la Iglesia a comprender y a comunicar las verdades de nuestra fe de nuevas formas.
Pedimos con firmeza que la educación teológica y la formación lleguen a más personas laicas. En Strengthening the Bonds of Peace (Fortaleciendo los Lazos de Paz) de manera específica animamos a las mujeres a seguir estudios en Escritura, teología y leyes canónicas. Ahora también animamos a los hombres laicos para que la Iglesia—y ellos mismos—se beneficien de esos esfuerzos académicos. Es indispensable encontrar modos innovadores para llevar lo mejor de la tradición intelectual y espiritual católica a más personas laicas. La prensa y los medios electrónicos de comunicación, las redes de informática y los programas de tutoría ofrecen posibilidades esperanzadoras. La Iglesia necesita un laicado bien educado, inquieto y capaz de expresarse para que la nueva evangelización logre su pleno potencial.
Respeto por las Diferencias
Otra señal de la madurez cristiana es el respeto por las diferencias. Este respeto, basado en la humildad, comprende que la unidad no requiere uniformidad. La tradición católica acepta la diversidad como un enriquecimiento, no una amenaza. Al mismo tiempo reconocemos que algunas diferencias se basan en la cultura y las costumbres mientras que otras afectan creencias y enseñanzas esenciales. Aun a ese nivel, el crecimiento y la comprensión son posibles y necesarias.
En su carta encíclica, Ut Unum Sint, el Papa se regocija en una renovada realización de otros cristianos como "hermanos y hermanas" en vez de "enemigos". En este momento de la historia en que la solidaridad cristiana a favor de la necesidad humana es tan urgente, un laicado católico maduro buscará un plano común con cristianos y otras personas de buena voluntad, no se aislará detrás de muros impenetrables. Nos damos cuenta que no podemos logar este plano común sin civismo. Como lo dijimos en Strengthening the Bonds of Peace, debemos luchar por un diálogo claro, sensible, paciente y que se apoya en la confianza.
Participación
Consideramos que la participación laica en la vida de la Iglesia en todos los niveles es un don del Espíritu Santo que se nos da para el bien común. Los laicos pueden y deben ejercer su participación responsable como individuos y en grupos, no sólo por invitación del liderazgo de la Iglesia sino también por su propia iniciativa.
Son demasiado numerosas para poder mencionarse las ocasiones en que personas laicas han organizado esfuerzos educativos, para la defensa de valores cristianos o para hacer caridad que han ayudado a la Iglesia a ser un testigo más creíble y eficaz del Evangelio en la vida pública. Además, la misión de la Iglesia se lleva a cabo con creatividad y generosidad por medio de movimientos laicos y asociaciones que se han establecido para diversos fines espirituales y apostólicos. Estos grupos juegan un papel tan importante en la formación cristiana de individuos y en la transformación cristiana de la sociedad que la Iglesia reconoce y garantiza el derecho legítimo de los personas laicas a formar asociaciones (Canon 215).
Nosotros, los obispos agradecemos especialmente la participación de los laicos en el desarrollo de las cartas pastorales sobre la paz, la economía y varias otras declaraciones sobre la familia, la mujer y la respuesta religiosa a la violencia. Su conocimiento y experiencia, tanto como sus requerimientos constructivos, ayudaron a crear un diálogo maduro con las enseñanzas de la Iglesia que enriqueció a los documentos finales. El compromiso es mantener vivo ese diálogo.
La preparación de los fieles laicos es evidente en su participación en los varios consejos de gobierno de la iglesia. El Código de Derecho Canónico requiere que haya consejos financieros en las parroquias y diócesis. Además, anima a que se establezcan consejos parroquiales en las diócesis y parroquias (Cánones 511-514; 536-537). Porque creemos que pueden enriquecer la vida de la Iglesia, nosotros promovemos enfáticamente los esfuerzos para que se establezcan donde todavía no existen.
Nuestra Conferencia de Obispos se beneficia del Consejo Nacional Asesor, compuesto casi todo por laicos, que nos proporcionan sus reacciones a documentos pastorales en preparación y a otras iniciativas.
Estos diversos consejos, en todos los ámbitos del liderazgo eclesial, son oportunidades para que la Iglesia escuche la sabiduría del laicado. También lo son nuestros sínodos diocesanos y los procesos de planificación pastoral que reúnen a todos los segmentos de la Iglesia para la deliberación madura sobre las prioridades que las iglesia diocesana deberá perseguir. El reto es promover el crecimiento y desarrollo de estos diversos organismos de consulta.
Pedimos a todos los líderes pastorales que fortalezcan las estructuras de participación en la vida de la iglesia para que nos escuchemos mutuamente, crezcamos en entendimiento y profundicemos nuestra experiencia de diálogo.
Viviendo con el Misterio
Abrazar el Misterio Pascual libera al discípulo cristiano para vivir plenamente a pesar de la ambigüedad o las turbaciones. Como cristianos reconocemos la verdad de San Pablo: "Ahora vemos como en un mal espejo y en forma confusa, pero entonces será cara a cara" (1 Cor 13:12). Cuando aceptamos nuestra vida con todos sus designios misteriosos e inciertos, somos guiados a los brazos del Misterio que reside en el corazón de la vida. Nos damos cuenta que somos llamados a ser fieles, no necesariamente a triunfar. Sabemos que una persona plantará la semilla, otra la regará, pero Dios la hace crecer (cf. 1 Cor 3:6). Es en esta encrucijada, tal vez más que en todas las demás, que los miembros ordenados y laicos de la Iglesia se pueden apoyar mutuamente en el camino de fidelidad a Nuestro Señor Jesucristo.
Ofrecer ánimo es una manera concreta de ayudar a alguien a ser fiel a su vocación. Los laicos y los ordenados necesitan orar unos por otros y ofrecerse apoyo mutuo. Además, el ministerio pastoral de la Iglesia puede ser más efectivo si nos hacemos verdaderos colaboradores, conscientes de nuestras debilidades, pero agradecidos por nuestros talentos. La colaboración nos pide que comprendamos que estamos, en verdad, unidos en el Cuerpo de Cristo, que no somos entes separados sino interdependientes.
De nuestra parte, nosotros los obispos no podemos imaginarnos a las puertas del tercer milenio, comprometidos a una nueva evangelización, a menos que caminemos al lado de nuestros hermanos y hermanas. Porque juntos estamos al umbral de una "grande, comprometedora y magnífica empresa . . . la de una nueva evangelización, de la que el mundo actual tienen una gran necesidad" (Christifideles Laici, n. 64).
Reflexionando en los últimos quince años vemos lo mucho que tenemos que agradecer a la vida y al testimonio de los fieles. Mirando hacia el futuro tenemos la visión de lo que podría ser. Pero para que la visión tome cuerpo, sin embargo, necesitamos comprometernos nuevamente, obispos y pueblo, a la oración y al diálogo, a la reflexión y a la acción.
Preguntas Para El Diálogo
- ¿Crees que el laicado católico ha madurado en los últimos quince años? ¿Cómo se manifiesta esta madurez?
- Como católico adulto, ¿de qué manera sigues creciendo en la fe—espiritual e intelectualmente?
- ¿Cuál consideras es la responsabilidad más importante de un cristiano católico adulto en nuestra sociedad hoy día?
- ¿Has tenido la experiencia de verte como un socio de la jerarquía en la vida y misión de la Iglesia? ¿Qué has aprendido de esta experiencia?
Selección De Recursos Adicionales
Estos documentos se pueden obtener de United States Catholic Conference Publishing Services, 3211 Fourth St., N.E., Washington, D.C. 20017. 800-235-8722.
El Papa Juan Pablo II. Vocación y Misión de los Laicos en la Iglesia y en el Mundo/Christifideles Laici. 30 de diciembre, 1998. Exhortación Apostólica Post-Sinodal. Publicación No. 274-8, en inglés.
Conferencia Nacional de Obispos Católicos. Sigan el Camino del Amor. 1993. Publicación No. 676-X (en español), No. 677-8 (en inglés). Un mensaje pastoral a las familias, fácil de leer, que ofrece apoyo y anima a los parejas a apoyarse mutuamente en sus tareas matrimoniales.
Conferencia Nacional de Obispos Católicos. Strengthening the Bonds of Peace [Fortaleciendo los Lazos de la Paz]. 1994. Publicación No. 034-6. Una reflexión pastoral, en panfleto, sobre la mujer y su papel en la Iglesia y en la sociedad.
Conferencia Nacional de Obispos Católicos. Vayan y Hagan Discípulos. 1993. Publicación No. 592-5 (en español) y No. 556-9 (en inglés). Plan y estrategia nacional para la evangelización católica en los Estados Unidos.
Catecismo de la Iglesia Católica. Publicación No. 603-4 (tapa de papel). Referencias primarias a los fieles laicos se pueden encontrar en los párrafos siguientes: 873-875, 897-913, 928-929. Referencias secundarias se pueden encontrar en los siguientes párrafos: 784-786, 863, 1268, 2044, 2105, 2442, 2472.
Comité sobre los Laicos, NCCB. Gifts Unfolding [Dones en Flor]. 1990. Publicación No. 348-5. Una presentación práctica de las cuestiones pastorales y teológicas que confrontan los laicos de hoy, especialmente los que desempeñan funciones de liderazgo.
Conferencia Nacional de Obispos Católicos. Corresponsabilidad: Una Respuesta del Discípulo. 1993. Publicación No. 567-4 (bilingüe). Mensaje pastoral a todos los católicos, que presenta a la corresponsabilidad como una expresión del discipulado.
El Papa Juan Pablo II. El Evangelio de la Vida/Evangelium Vitae. 1995. Publicación No. 317-5 (en español) and 316-7 (en inglés). Carta encíclica sobre las amenazas legales, morales y éticas a la vida.
Conferencia Nacional de Obispos Católicos. Una Década después de Justicia Económica para Todos: Normas Perecederas Contexto Diferente, Nuevos Retos. 1995. Publicación No. 5-041 (en español) y 5-040 (en inglés). Reflexiones de los obispos sobre la economía, especialmente a la luz de la carta pastoral Justicia Económica para Todos de 1986.
Llamados y Dotados para el Tercer Milenio fue desarrollado por el Comite sobre el Laicado. Fue aprobado por el Comite Administrativo en septiembre de 1995 y por los miembros de la Conferencia Nacional de Obispos Católicos en su asamblea general en noviembre de 1995. El Signatorio ha autorizado la publicación de Llamados y Dotados para el Tercer Milenio.
Monseñor Dennis M. Schnurr, Secretario General, NCCB/USCC
La citas bíblicas fueron tomadas de la Biblia Pastoral Latinoamericana © 1972, Ramón Ricciardi y Bernardo Hurault, con permiso.
Copyright © 1995, United States Catholic Conference, Inc., Washington, D.C. Todos los derechos están reservados. Ninguna porción de este trabajo puede reproducirse o ser transmitida en cualquier forma o por cualquier medio, ya sea electrónico o mecánico, incluyendo fotocopias, grabados, o por cualquier sistema de recuperación y almacenaje de información, sin el permiso por escrito del propietario de los derechos.
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Publicación No. 5-003, 32 pp., $2.95.

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