Mientras más reflexiona uno sobre el tema de "las organizaciones internacionales y la defensa de la familia" parece que más rompecabezas se encuentran concentrados en la corta palabra y. ¿Qué conexiones hay o debe de haber, entre la organización más antigua de la sociedad y las enormes organizaciones modernas que están tan alejadas de la vida diaria?
La Declaración Universal de los Derechos Humanos por las Naciones Unidas, proclama que la familia tiene derecho a estar protegida por la sociedad y por el estado. Pero no hay evidencia de que los que prepararon la declaración esperaban que las Naciones Unidas jugara mucho el papel de proteger a la familia. Ahora que las Naciones Unidas y sus agencias especializadas se han desarrollado en extensas burocracias entrelazadas simbióticamente con grandes asociaciones internacionales de cabildo, está todavía más lejos de ser obvio, cómo las instituciones a este nivel, pueden asistir mejor a las familias. De hecho, las actividades actuales de muchas organizaciones internacionales hacen que con frecuencia uno se pregunte si la familia necesita que estas organizaciones la defiendan o ¡si necesita que se le proteja de las mismas!
A mi me gustaría concentrarme en las actividades de las Naciones Unidas y sus afiliados que se relacionan con la familia, específicamente, una sorprendente tendencia que ha ganado impulso muy recientemente. Esta tendencia es nada menos que un asalto por muchos lados, sobre varios de los principios fundamentales que se han consagrado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, incluyendo la sección que establece a la familia como la unidad básica de la sociedad y que tiene derecho a ser protegida. Aunque estos ataques llevan la bandera de varios movimientos de liberación, tambien representan esfuerzo hacia formas de control social sin precedentes.
La visión de la Declaración
La primera manifestación de interés en la familia por parte de una organización internacional se llevó a cabo en 1948 cuando la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre se emitió en Bogotá, Colombia. Este notable documento fue una de las principales fuentes de provisiones relacionadas con la familia en la Declaración de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas la cual fue aprobada en París más tarde el mismo año. Al leer estos dos documentos, uno nota la profusión de referencias sobre la familia. Ambas declaraciones anuncian que la familia es la unidad fundamental de la sociedad; ellos recitan que cada uno tiene el derecho de casarse y establecer una familia; que el hogar es inviolable; que un trabajador tiene derecho a un nivel de vida adecuado para él y para su familia; y que la familia en general, y la maternidad y la niñez en particular, tienen derecho a ser protegidas por la sociedad y por el Estado. La Declaración de las Naciones Unidas tambien estipulan, la igualdad entre los esposos y el derecho a que los padres escojan la educación de sus hijos.
Las dos declaraciones internacionales están basadas en una serie de conjeturas acerca del hombre y la sociedad que uno puede designar como dignatarial o personalista. Las Declaraciones de las Naciones Unidas y la de Bogotá estipulan, en un lenguaje casi idéntico, que todos los hombres y las mujeres nacen libres e iguales en dignidad y derechos; que los seres humanos están dotados con la razón y la conciencia, y que ellos deben comportarse mutuamente con un espíritu de hermandad. Ambos documentos tratan al portador de los derechos individuales no como una mónada autosuficiente, sino como una persona situada entre relaciones con la comunidad y la familia. Por ejemplo, la Declaración de las Naciones Unidas estipula que cada uno tiene deberes hacia "la comunidad, puesto que sólo en ella puede desarrollar libre y plenamente su personalidad".
La historia de las declaraciones de 1948 no menciona cómo se pueden llevar a cabo las provisiones relacionadas con la familia. La actividad de las Naciones Unidas con familias inicialmente estaba confinada, principalmente, a ofrecer asistencia humanitaria. Conforme pasó el tiempo, sin embargo, las Naciones Unidas crecieron hacia una burocracia muy elaborada, empleando miles de servidores civiles internacionales. Sus agencias especializadas se multiplicaron y extendieron sus alcances. Algunos de los grupos más recientes de las Naciones Unidas, tales como el Fondo para la Población y la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer, fueron más intencionados en manejar a las familias que en asistirlas.
La burocracia de las Naciones Unidas atrajo y desarrolló relaciones de trabajo cercanas, con grupos interesados en influenciar sus actividades. Desafortunadamente, algunos de estos grupos internacionales de cabildeo querían proteger a la familia tanto como los lobos quieren proteger a las ovejas. El asalto a la familia empezó tras bastidores mucho antes de que se tratara abiertamente.
La familia como un obstáculo
Para entender por qué y cómo el principio de la familia empezó a estar bajo ataque en las Naciones Unidas, vamos a relatar una serie de sucesos notables que se dieron en 1995. A principios de ese año, el Secretariado de las Naciones Unidas para el Año Internacional de la Familia produjo un panfleto aseverando que "el principio básico de la organización social son los derechos humanos del individuo, los cuales aparecen en los instrumentos internacionales de los derechos humanos".
Esta idea suena suficientemente inocente hasta que uno se empieza a preguntar cómo esto encaja con la declaración de 1948, la cual ubica a la familia como la unidad básica de la sociedad. El secretariado anticipó esta pregunta. Es verdad, admitieron, que "varios de los derechos humanos" se refieran a la familia como la unidad social básica y que ellos garantizan protección y asistencia a la familia, pero "la fuerza de la familia es y debe de estar limitada por los derechos humanos básicos de cada uno de sus miembros como individuos. La ayuda y protección acordadas a la familia deben de garantizar estos derechos".
Ninguno podría razonablemente oponer esta proposición si es que tuviese el simple significado de que ningún derecho, incluyendo los derechos de la familia, son ilimitados. Pero junto con otros sucesos de las Naciones Unidas, notablemente la velada erosión de la autoridad moral de los padres en la Convención sobre los derechos del niño en 1989, los lineamientos de 1995 se veían como parte de un esfuerzo deliberado de poner a los derechos individuales en oposición con las relaciones familiares, de insertar el estado entre los hijos y los padres y subestimar el estatus de la familia como sujeto de la protección de los derechos humanos. Esta interpretación fue más plausible en noviembre de 1995 cuando la Comisión de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño atacó enojada a la Santa Sede por sus reservaciones en estos mismos aspectos del tratado de los derechos de los niños . Puesto que todos estos documentos fueron producidos por las mismas Naciones Unidas, parecía como si la zorra estuviese en el gallinero.
Todas las dudas sobre este punto fueron removidas por la Conferencia de Mujeres que se llevó a cabo en Beijing en septiembre de ese año. Cuando leí el primer borrador del documento de la conferencia preparado por la Comisión de las Naciones Unidas sobre la Condición de la Mujer, no podía dar crédito a lo que mis ojos estaban viendo. ¿Cómo era posible que el programa de acción propuesto para una conferencia de mujeres casi no mencionara el matrimonio, la maternidad o la vida familiar en ninguna de sus 149 páginas? ¿Y que cuando se mencionaba el matrimonio, la familia y aun la religión, se presentaban principalmente desde un punto de vista negativo –como fuentes de opresión u obstáculos para el progreso de la mujer? La explicación es que la Comisión de las Naciones Unidas sobre la Condición de la Mujer se ha convertido, en gran parte, en la herramienta de grupos con el especial interés de promover un tipo de feminismo que ya era parte del pasado, inclusive en los países en donde se había originado. El borrador de Beijing repetía muchos de los ya desgastados clichés del feminismo de la década del setenta –un feminismo que había alienado a la gran mayoría de mujeres debido a su falta de atención a los problemas reales de la vida del trabajo y la familia, su hostilidad hacia el hombre y su vergonzosa indiferencia al bienestar de los niños. En las negociaciones de la preconferencia, estos ataques de las feministas de la vieja guardia hacia la familia se combinaban con la promoción de una noción más moderna: la idea de que la familia –y la identidad sexual– son simplemente categorías arbitrarias construidas socialmente y con una maleabilidad infinita. Ya durante la Conferencia de Beijing, una coalición dirigida por la Unión Europea, continuaba este venenoso esfuerzo de "desconstruir" la familia y de remover cada referencia positiva hacia el matrimonio, la maternidad, la familia, los derechos de los padres y la religión.
Estas delegadas parecían que no estaban conscientes de que ¡el mismo lenguaje que estaban buscando remover de los documentos de Beijing era central para la mayoría de sus propias constituciones nacionales! ¡Era realmente triste ver mujeres de Francia, Irlanda, Italia, Alemania y España pisotear los derechos humanos que habían sido ganados mediante el sacrificio de sus propios padres y madres! Era aún más triste ver delegados de la mayoría de los países en desarrollo mantenerse callados cuando asuntos de importancia vital para sus compañeros ciudadanos se iban subordinando a las agendas de grupos de países desarrollados.
Cualquier persona ajena a estas controversias se podría preguntar por qué es que alguien quisiera subvertir el principio de protección de la familia, especialmente en un momento en el que las familias están pasando por una situación crítica en todas partes del mundo. La respuesta estándar ante estas preguntas está enmarcada en el lenguaje de la libertad individual, de igualdad de género y de compasión por las parejas y niños víctimas de relaciones abusivas. Se nos dice que la familia no puede interponerse en el camino de los derechos de las mujeres y los niños. Y que, en cualquiera de los casos, la familia se ha definido muy estrechamente de manera que injustamente se prefiere un matrimonio heterosexual por sobre la cohabitación no matrimonial de uniones entre individuos del mismo sexo.
Pero sería un error ver los asaltos en los principios de protección de la familia como simples esfuerzos mal dirigidos para promover la libertad y la igualdad. Estos asaltos son también acerca de poder e intereses aunque es difícil decir hasta que punto. Mucho del liderazgo y apoyo financiero para estas iniciativas viene, en su mayor parte, de personas que no están interesadas en los derechos de la mujer, ni en el de los niños, ni en el de los homosexuales, sino en la conservación de sus privilegios. Ellos no buscan la liberación en general sino el control social para sí mismos.
Sus motivos, no tan obvios, se pueden discernir de los extraños nuevos derechos que proponen –derechos que con frecuencias son de doble filo "derechos para mí, obligaciones para usted". Los llamados "derechos reproductivos" por ejemplo, pueden representar autonomía para algunas mujeres pero también son un buen parapeto para promover sus esfuerzos de control sobre el tamaño de las familias pobres, bajo cualquier método posible. El propuesto "derecho a morir" puede satisfacer el deseo de algunos pudientes de sentir que "están en control" hasta el último momento, pero ¿quién puede dudar que promueva una obligación de morir para aquellos que están enfermos, inpotentes e incapaces de pagar seguro médico? En cuanto a los "derechos sexuales" no parece ser caprichoso verlos como una versión moderna de circo romano, una promesa de libertad sexual sin límites a cambio de la pérdida de la genuina libertad y de la negación de justicia económica.
Los diseños menos placenteros de los que están "cocinando" iniciativas en contra de la familia pueden discernirse en el triángulo de hierro de la exclusión que están construyendo en sus mismos países de origen: excluyen nueva vida mediante el aborto y la esterilización; cierran las puertas a los extranjeros mediante políticas de inmigración más restringidas; le dan la espalda a los pobres mediante recortes en el presupuesto de programas de asistencia familiar. En lo que se refiere a la ayuda extranjera, ofrecen millones para "servicios reproductivos" pero apenas centavos para la nutrición materno-infantil, agua limpia o salud. Cuando ellos ven a los hijos de los pobres, solamente ven una amenaza al medio ambiente, un portento de inquietud social y una amenaza a su propio nivel de consumo. La principal fuente de todos los problemas en el mundo, desde su propio punto de vista, es la sobrepoblación y su principal solución es la de eliminar gente pobre.
En cierto sentido, los actuales ataques en contra de la familia representan una nueva versión de una historia que es tan antigua como la política misma. Grupos que desean debilitar un orden establecido, desde los revolucionarios franceses hasta los marxistas del siglo veinte han atacado siempre a las familias que portan los valores del orden social antiguo.
Lo que hace nuestra situación actual novedosa desde el punto de vista histórico, desde luego, es que el ataque contra la familia sea tan difuso. No se puede identificar con una nación particular o con una sola ideología. Sus diversas manifestaciones tienen muy poco en común –aparte de la promoción de los intereses de una "clase" de burocracia-impositiva–terapéutica, animada por un poco más que el deseo de consolidar la prosperidad sin precedente que vino en su camino durante la última mitad del siglo XX.
Esta nueva clase es verdaderamente internacional. Sus miembros –los errantes, semi-educados, trabajadores del conocimiento que pueblan las agencias gubernamentales en cada nación, corporación, universidad, profesión, medios de comunicación masivos y agencias de servicios sociales– cada día tienen más en común uno con el otro, que con los pobres en sus mismas sociedades.
El mundo nunca antes ha visto nada como esta amorfa "clase"sin estado, luchando por el control social que no quiere mandar sino que quiere mantener una posición cómoda para ella misma. Sus movimientos no tienen cabeza pero si muchos brazos moviéndose más o menos en la misma dirección. Su dirección común surge menos de la conspiración que del paralelismo inconsciente. Ellos no están tanto en contra de la familia como están decididos a no dejar que la familia, la religión, o cualquier otra institución se interponga en el camino que ellos quieren.
Es muy fácil ver por qué, grupos bien financiados y con una nueva clase de intereses, se agrupan en organizaciones internacionales como las Naciones Unidas y la Corte Europea de Derechos Humanos. En sus países de origen ellos evitan los procesos políticos ordinarios que expondrían sus agendas al juicio de sus compañeros ciudadanos. Ellos más bien quieren influenciar las agencias administrativas para que obtengan regulaciones inapelables de cortes constitucionales no elegidas.
No es de extrañar, entonces, que se movilizan rápidamente para aprovechar nuevas oportunidades de operar lejos del escrutinio público y la responsabilidad democrática. Organizaciones como la Federación Internacional de la Planificación Familiar han puesto su esfuerzo en orientar las conferencias de las Naciones Unidas en "factorías extranjeras" para convertir la agenda del control de la población en "estándares internacionales" los cuales entonces pueden ser usados para influenciar no sólo las agencias internacionales sino también las políticas domesticas y los programas de ayuda internacional. De esta manera, una agenda controversial puede afectar la vida de millones de gentes sin que ni siquiera se hubiese sometido a la prueba del voto.
En resumen, entre los años de 1948 y 1995 se vio un constante aumento en diversos movimientos encaminados a tratar a la familia (y a la religión) como obstáculos para los derechos humanos más que como sujetos de protección de los derechos humanos. Ahora parece que los principios en favor de la familia de la Declaración Universal de 1948 están en serio peligro de ser suprimidos o distorsionados más allá de reconocimiento. Esto nos hace plantear la pregunta:
¿Qué hay que hacer?
El cristianismo católico requiere que seamos activos en el mundo. Cada uno de nosotros, con nuestras diferentes capacidades, está llamado a trabajar en las viñas del reino venidero.
La Iglesia, con frecuencia, ha reconocido que las Naciones Unidas, a pesar de todos sus errores, debilidades y desperdicio, ha logrado hacer mucho bien, especialmente en países pobres, y ofrece mucha esperanza en un mundo en donde las naciones están enfrentando muchos retos que cruzan las fronteras nacionales.
La actividad de la Santa Sede en las Naciones Unidas ha demostrado que aún unas cuantas voces pueden promover cambios cuando dicen la verdad y llaman al bien y al mal por su nombre. Mucho del mejor lenguaje sobre justicia social en documentos recientes de las Naciones Unidas está allí porque la Santa Sede lo propuso o lo defendió. Gracias a la Santa Sede, las Naciones Unidas permanece comprometida con el principio de que el aborto nunca debe de promoverse como medio de control natal. Aun en Beijing, y con una posición bien minoritaria, la Santa Sede logró salvar el lenguaje de protección para la familia al dar enfoque a esa conferencia.
Cuando la Unión Europea peleó en contra de todas las referencias positivas sobre la familia, la religión y la autoridad paterna, la delegación de la Santa Sede envió un comunicado de prensa a los principales periódicos europeos preguntando por qué los representantes de Europa estaban tomando posturas contrarias a sus propias constituciones y a sus propios gobiernos en lo que se refiere a la política familiar. Preguntamos si estos delegados realmente representaban la política oficial o la opinión pública de sus países de origen. En veinticuatro horas se empezaron a elevar las preguntas en los parlamentos europeos acerca de lo que sus delegados hacían en Beijing. Antes de que terminara el día siguiente, los delegados europeos abandonaron esas posiciones y el lenguaje que se debatía se dejó sin cambiar.
Al final de la conferencia de Beijing, mucha gente buena y religiosa todavía sentía que el documento de la conferencia estaba tan dañado que la Santa Sede debería rechazarlo en su totalidad. Pero el Papa Juan Pablo II nos dio instrucciones de que no nos retiráramos. Hablando desde el corazón de la tradición católica dijo "acepten lo que está bien en el documento y denuncien con vigor lo que es falso y dañino".
El tiempo ha probado ya la sabiduría de su asesoramiento. La conferencia de Habitat en Estambul, un año después de Beijing, vio a la coalición anti-familia perder una impresionante batalla. Como un periodista la reportó:
"A pesar de una intensa agresión, torceduras de brazos y coerción, los países en desarrollo no se dejaron vencer por la presión del Oeste por la 'salud reproductiva' y la definición ambigua de 'familia'. En su lugar, los representantes del G-77 reunieron los votos para reafirmar la importancia de los derechos paternos, garantizar el respeto por los valores éticos y religiosos; reconocer a la familia [más que la palabra clave 'familias'] como la unidad básica de la sociedad y borraron todas las referencias a la "salud reproductiva" excepto una, cuya composición de palabras no podría ser usada para forzar el aborto en los países en desarrollo".
Inclusive, el Secretariado de las Naciones Unidas para el Año de la Familia, parece que tuvo un cambio de opinión, cuando menos públicamente. En 1997 produjeron un reporte común con tono muy diferente del panfleto producido en 1995 al que me referí anteriormente. En su resumen oficial de las provisiones relacionadas con la familia dentro de las recientes conferencias de las Naciones Unidas, el secretariado destaca principalmente las provisiones que sobrevivieron ¡gracias al esfuerzo de la Santa Sede!
Es irresistible concluir que la retirada de la Santa Sede de las Naciones Unidas podría solamente servir mejor a las acciones de los agentes de la cultura de la muerte. Sin embargo, ha llegado el tiempo de reconocer que la Santa Sede en las Naciones Unidas ha sido con frecuencia el niñito holandés que evitó una inundación poniendo su dedito en la represa. Ha llegado el tiempo de responder al urgente llamado de la Santa Sede para que las familias por sí mismas sean las protagonistas de lo que se conoce como "Política Familiar" y asumir su responsabilidad en la transformación de la sociedad.
No es fácil para los miembros de la familia responder a este llamado. Cada uno de nosotros tendremos que discernir dentro de nuestras oraciones qué es lo que podemos contribuir. Pero el Papa Juan Paulo II nos recuerda que hay algo que todas las familias pueden hacer, sin importar su situación en la vida. Las familias pueden esforzarse en vivir para "ofrecer a todos el testimonio de una entrega generosa y desinteresada a los problemas sociales mediante la 'opción preferencial' por los pobres y marginados" (Familiaris consortio, 47). Además, él exhorta a las familias cristianas a que "se empeñen activamente, a todos los niveles" (72) en asociaciones para el bien común y el bienestar de la familia.
Resolvamos responder al llamado de la Santa Sede haciéndonos protagonistas dentro de la política familiar. No desdeñemos la política, sino más bien, alejémosla de aquellos que la pueden pervertir para propósitos dañinos.
Resistamos a los expertos auto-nombrados que pretenden saber más que nosotros sobre cómo debemos educar a nuestros hijos.
Tomemos la educación de nuestros hijos de manos de proselitistas seculares.
No dejemos que las Naciones Unidas se 'muera de hambre', más bien impongámosle una buena dieta.
Comprometámonos a jugar cualquier papel que nos toque para construir la civilización de la vida y resistir la cultura de la muerte.
Mary Ann Glendon es profesora de Leyes en la Universidad de Harvard. Este artículo fue condensado de una charla que ella presentó en el congreso pastoral-teológico en octubre de 1997 en Río de Janeiro, Brasil
Translated by Marina A. Herrera, Ph.D., Bethesda, Maryland

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