Vivir El Evangelio De La Vida Y Los Deberes Cívicos

Por David Walsh


El derecho a la vida es el primer derecho que la Declaración de la Independencia menciona. En la memorable formulación de Thomas Jefferson, Estados Unidos de América fue fundado sobre el reconocimiento que todos los seres humanos están "dotados por su Creador con ciertos derechos inalienables, que son entre otros, la Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad".

El Papa Juan Pablo II ha recalcado con frecuencia este compromiso especial de Estados Unidos hacia los derechos humanos. él ha observado que "en el centro de la visión moral de los documentos fundadores [estadounidenses] es el reconocimiento de los derechos de la persona humana...". La grandeza de Estados Unidos, él agrega, descansa en "el respeto por la dignidad y la santidad de la vida humana en todas sus condiciones y en todas sus etapas de desarrollo" (Papa Juan Pablo II, Comentarios durante su partida en el Aeropuerto Internacional de Baltimore/Washington, 8 de octubre, 1995). Hoy, nosotros tenemos el deber de asegurar que estos mismos principios continúan siendo los moldeadores de nuestro ejercicio de auto-gobierno.

En ninguna parte está esta responsabilidad más clara que en relación con el asalto contemporáneo del derecho fundamental a la vida. Depreciar la vida es azotar las bases mismas sobre las que la república estadounidense fue erigida. Sin el derecho a la vida, ningún otro derecho es posible; en la medida en que la vida está en peligro, todos los otros derechos están igualmente amenazados.

Hoy, este anuncio es particularmente urgente ante la impresionante multiplicación y agudización de las amenazas a la vida de las personas y de los pueblos, especialmente cuando ésta es débil e indefensa. A las tradicionales y dolorosas plagas del hambre, las enfermedades endémicas, la violencia y las guerras, se añaden otras, con nuevas facetas y dimensiones inquietantes.

Hoy estamos viviendo "la impresionante multiplicación y agudización de las amenazas a la vida de las personas y de los pueblos.... A las tradicionales y dolorosas plagas del hambre, las enfermedades endémicas, la violencia y las guerras", Juan Pablo advierte, "se añaden otras, con nuevas facetas y dimensiones inquietantes" (El Evangelio de la Vida, no. 3). Entre estas nuevas amenazas, los obispos de EE.UU. nos indican que "... el aborto y la eutanasia se han convertido en amenazas constantes a la dignidad humana porque atacan directamente a la vida misma, el más fundamental de los bienes humanos y la condición para todos los demás..." (Ciudadanos comprometidos: Responsabilidad cívica para el nuevo milenio, p. 13, citando el Evangelio de la Vida: Un reto a los católicos estadounidenses, no. 5).

Juan Pablo elogió a los obispos de EE.UU., "por su liderazgo y defensa para apoyar la vida humana, particularmente la vida de los más desamparados":

La Iglesia en vuestro país se extiende para defender y promover la vida humana y la dignidad humana de muchas maneras. Mediante innumerables organizaciones y agencias ella es proveedora inmensamente generosa de los servicios sociales para los pobres; apoyo activo de leyes más favorables a los inmigrantes; presente en el debate público sobre la pena de muerte.... Al mismo tiempo, vosotros, acertadamente destacan la prioridad que se debe dar al derecho fundamental que los no nacidos tienen a nacer y a oponerse a la eutanasia y al suicidio asistido por un médico. (Presentación Ad limina a los obispos de California, Nevada y Hawaii, oct. 2, 1998)

Es posible que el público prefiera que no se le recuerde esas verdades molestas en este momento. Una década de prosperidad, casi sin precedentes, y la ausencia de tensiones internacionales de importancia han servido para promover la indiferencia al sufrimiento de otros. Estamos, tal vez, inclinados a aceptar el reto que se nos presenta de "vivir el Evangelio de la vida". La larga existencia de la controversia que rodea al aborto, a la cual hay que añadir la exigencia persistente de legalizar el suicidio asistido, como también el aumento del uso de la pena de muerte, se perciben con frecuencia como disputas imposibles de resolver. Las autoridades públicas preferirían no tener que hacerle frente a ninguna de esas cuestiones, y no debe sorprendernos que ellas traten de explorar la manera de suavizar los bordes ásperos de posiciones que han tomado anteriormente. Una conspiración de silencio empieza a alimentar la inclinación hacia la amnesia colectiva. Preferimos que no se nos acuerde de las violaciones masivas de los derechos humanos que ocurren a nuestro alrededor cada día de nuestra vida.

La amnesia pública, sin embargo, exige un costo enorme. No es nada más que perder contacto con el sentido de lo que somos como nación. Al ignorar una parte repulsiva de nuestra realidad social, empezamos a olvidar quiénes somos. Construimos una realidad cómoda alrededor de nuestras vidas ocupadas y nuestros privilegios materiales para alejar la realidad de la injusticia y la crueldad que cometemos contra los no nacidos, los moribundos y los condenados. Pero el patrón no puede continuar por mucho tiempo sin causar desorientación social y política. Permitir los derechos de algunos que son ignorados modifica todo el concepto de derechos. Ahora los vemos no como derechos que recibimos del Creador, y por lo tanto "inalienables", sino como derechos que nos otorgan las cortes y las legislaturas. Al igual que otras creaciones del gobierno, los derechos se pueden enmendar o suspender. Si el derecho de algunos se ha hecho arbitrario, entonces los derechos de todos se ponen en duda. Al olvidarnos la disminución de los derechos de los más indefensos, también olvidamos la medida en que el disfrute de nuestros derechos, de modo paralelo, también se hace incierta.

Una cuestión de derechos no puede sujetarse al dar y quitar del proceso político. Uno que es capaz de hacer acomodos en los derechos es un oportunista, en vez de un intermediario en asuntos del bien común. El proceso normal para negociar desacuerdos sólo es posible porque algunas cosas no están sobre el tapete, no importa toda la fuerza política que los partidos en oposición posean. A nadie se le va a pedir que abdique a algo que el Estatuto de Derechos le garantiza. Armonía en los principios fundamentales nos permite acomodar nuestras diferencias sobre la política. Facciones en la política no necesariamente llevan a rupturas en el orden constitucional. Pero es otra cosa cuando nuestro desacuerdo se extiende a una cuestión de derechos. Luego el potencial es más mortífero.

Los derechos son indivisibles. Si sólo algunos seres humanos los poseen, entonces no son verdaderos derechos humanos. Son meramente las ventajas que los que tienen más poder político disfrutan sobre los más indefensos. Tal dominación de algunos sobre otros es precisamente lo que se espera que la ley prevenga. La ley está allí para asegurar que los fuertes no opriman a los débiles; todos tienen derechos iguales ante la ley. Pero cuando la dominación ocurre bajo la protección de la ley y hasta se le otorga el estatus de un derecho, todo el sistema constitucional se infecta con corrupción. La ley no puede tener favoritos y seguir siendo la ley que debe ser. Una abrogación del derecho más fundamental, el de la vida, no sólo en la práctica, sino en la ley misma, constituye más que un problema político ordinario. Precipita una crisis de naturaleza moral y constitucional –una crisis que ha estado en marcha durante más de un cuarto de siglo desde que la Corte Suprema legalizó el aborto con Roe v. Wade (1973).

Desde ese tiempo la Iglesia católica ha estado a la vanguardia del llamado a revertir la decisión. La Iglesia fue entre las primeras que en 1973 llamó la atención a la desviación que Roe v. Wade representaba a los principios más básicos de la tradición política americana. En 1998 los obispos de EE.UU. dijeron: "Como estadounidenses, como católicos y como pastores de nuestro pueblo, escribimos... para llamar a nuestros compatriotas y ciudadanos a los principios en los que descansa nuestro país, y de manera especial, para renovar nuestro respeto nacional por los derechos de aquellos que no han nacido, de los débiles, los minusválidos y los desahuciados. La verdadera libertad descansa en la naturaleza inviolable de cada persona como hijo o hija de Dios" (Vivir el Evangelio de la Vida, no. 6).

Una de las contribuciones mayores que la Iglesia puede hacer en el mundo contemporáneo es dar testimonio de esta manera a la verdadera fuente de donde se derivan los derechos de los seres humanos. Los derechos humanos no se originan en decretos políticos, ni tampoco pueden ser suspendidos por legislación o adjudicación. "Nadie, excepto el Creador es el soberano de los derechos humanos básicos –empezando con el derecho a la vida. Somos hijos e hijas de un Dios, quien, por encima y más allá de todos nosotros, nos concede la libertad, la dignidad y los derechos de la personalidad que nadie puede quitarnos."(Vivir el Evangelio de la vida, no. 15).

La Iglesia hoy se encuentra jugando un papel familiar: hablando la verdad a los que están en el poder. Esa voz es hasta más esencial cuando el poder se ejercita mediante instituciones democráticas o aceptado con indiferencia generalizada. Los católicos estadounidenses tienen un llamado especial a ser levadura que se propague por la nación, recordando su propósito fundamental. Nunca es esa levadura tan necesaria como cuando los principios fundamentales del orden político no han sido simplemente ignorados, sino deliberadamente distorsionados para acceder a una consecuencia directamente contraria a sus principios centrales. Si generaciones anteriores pudieran escuchar que los estadounidenses argumentarían un día que la libertad incluye el derecho a deshacerse de la vida, se hubieran asombrado ante la falta de lógica. El derecho a ejercer la libertad de elegir presupone que el respeto por la vida es inviolable. La elección no puede considerarse de ninguna manera como algo anterior a la vida.

Nuestra responsabilidad como católicos y como ciudadanos no termina con nuestra oposición al aborto y al suicidio asistido. Nunca podemos ser indiferentes a aquellos que
sufren a causa de la pobreza, la violencia y la injusticia. Cualquier política por la vida humana deberá resistir la violencia de la guerra y el escándalo de la pena de muerte. Cualquier política de la dignidad humana deberá seriamente dirigirse a estos problemas: racismo, pobreza, hambre, empleo, educación, vivienda y cuidados de la salud. Por tanto, los católicos deberán participar con entusiasmo en abogar por los débiles y marginados en todas esas áreas.... Pero [porque la protección legal de la vida humana inocente es básica] estar en lo 'cierto' en tales asuntos nunca puede ser una excusa para una mala decisión con respecto a ataques directos a una vida humana inocente. En verdad, el fallo en proteger y defender la vida en sus etapas de más impotencia hace que otras posturas "correctas" en asuntos que afectan a los más pobres e indefensos de la comunidad humana se vean con sospecha (Vivir el Evangelio de la Vida, no. 23).

El actual debate público puede implicar una gama de consideraciones complejas, particularmente en lo referente a las mejores maneras de enfrentarse al reto. "Pero", como nos lo recuerdan los obispos de EE.UU.: "Tanto para los ciudadanos como para las autoridades elegidas, el principio básico es simple: Debemos empezar con el compromiso de nunca matar intencionalmente, ni participar en la matanza de cualquier vida humana inocente, no importa lo defectuosa, mal formada, minusválida o desesperada que parezca. En otras palabras, la opción de cierta manera de actuar es siempre y radicalmente incompatible con el amor de Dios y la dignidad de la persona creada a Su imagen" (Vivir el Evangelio de la Vida, no. 21). El imperativo de la vida es una verdad elemental, por encima de posiciones conflictivas que puedan caracterizar un contexto social más amplio. La pregunta para católicos es, por tanto, promover la santidad de cada vida humana dentro de un contexto pluralista. ¿Cómo podemos avanzar más aptamente la centralidad del derecho a la vida, como la condición de todos los otros derechos, dentro de una sociedad que carece de la claridad de perspectiva?

Nuestro enfoque hacia la ciudadanía comprometida empieza con el principio moral. La manera más eficaz es insistir en la centralidad del imperativo de la vida. Como católicos, debemos asegurar que nuestros hermanos ciudadanos no se olviden de la primacía de la vida ni del papel fundamental que ésta ocupa dentro del orden constitucional de los derechos que disfrutamos. Debemos animar a las personas en el foro público y a aquellos inclinados a defender la vida.
sus acciones en este respecto. Ni el respeto por las opiniones de otros ni la búsqueda de acomodos legales pueden excusar la matanza de seres humanos inocentes (no. 74). Una ética consist

En El Evangelio de la Vida, el Papa Juan Pablo II nota el deber de las personas en el foro público hacia los resultados de ente de vida requiere de todos nosotros una oposición consistente a las matanzas y, donde la protección plena no sea posible, se deben hacer todos los esfuerzos para minimizar la extensión de la destrucción humana involucrada.

Neutralidad no es una opción. El reclamo que uno no desea imponer sus puntos de vista en otros, se presenta algunas veces como la razón para no decir nada sobre la protección a la vida. La invalidez de tal posición se ilustra mejor en la declaración: "Aunque estoy opuesto personalmente a la esclavitud, el racismo o el sexismo, no puedo imponer mis ideas personales en el resto de la sociedad" (Vivir el Evangelio de la Vida, no. 24 ). La neutralidad del orden constitucional no es neutralidad total hacia todos los valores. No puede exhibir posiciones que van directamente opuestas a los principios mismos en que un orden de derechos está construido. Así como nuestra nación no permite que los individuos se decidan sobre la posibilidad de tener esclavos, así también no debe considerar la protección de la vida como un asunto meramente de elección privada. La ilusión de neutralidad implicado en el ejercicio de elección es falso. Elección es en sí misma la expresión de lo que es permitido y por tanto un endoso legal a la aceptación de matar.

De muchas maneras, el modelo para el liderazgo público en un contexto donde la nación se enfrenta a un profundo asalto de sus principio básicos se puede ver en Abraham Lincoln. La crisis de la esclavitud era un conflicto difícil dentro de la sociedad estadounidense. Como institución, la esclavitud tenía protecciones legales; como institución social tenía amplio apoyo. Lincoln sabía que estaba en pleno choque con los principios de la Declaración de la Independencia y la Constitución. Pero, sólo, él no podía constitucionalmente lograr su abolición. Su política era adherirse a la regla de la ley donde se aplicaba, mientras que al mismo tiempo luchaba con valor para lograr los cambios a largo plazo que alcanzarían la abolición. Un ejercicio similar de liderazgo es necesario para la crisis creciente generada por el aumento de asaltos al derecho a la vida.

Una fuente indispensable de fuerza para la lucha nos viene de las palabras de la Iglesia, y en el amor de nuestro Salvador que se derrama por cada ser humano. Nuestro rechazo a mostrar la desvalorización de la vida humana, no importa lo marginada que sea, brota de nuestra participación en este acto de amor divino. La convicción de la inviolabilidad de la vida humana se puede sostener mejor dentro de esta perspectiva trascendente, pero hay insinuaciones abundantes de su verdad dentro del mundo secular también. Como cristianos, es importante que nos acerquemos a todos los hombres y mujeres de buena voluntad y que nos unamos a ellos para lograr las mejores posibilidades presentes dentro de nuestro mundo imperfecto. Esa base común está muy presente en los principios seculares estadounidenses del respeto y la reverencia por la dignidad individual. El lenguaje de los derechos humanos es de muchas formas, una reflexión secular del amor de Dios creando y redimiendo a cada ser humano. Al abrazar el lenguaje común de nuestro mundo, los cristianos pueden demostrar con más eficacia que su interés por la protección de la vida humana inocente no se puede atribuir a un asunto periférico y religioso. Es, más bien, la manera de recordar al mundo secular las mejores aspiraciones de sus propios principios. Con su búsqueda para hacer que el Evangelio de la Vida sea central a la vida política, los cristianos pueden hacer su contribución más plena al bien común de la nación.

David Walsh es profesor de ciencia política en la Universidad Católica de América.
Traducción por Marina A. Herrera, Bethesda, Maryland.

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