Nuestro interés en las cuestiones del momento pueden llevarnos a estudiar, analizar y a formar opiniones, que es algo muy importante. Sin embargo, un peligro latente para aquellas personas que luchan por aquellos que sufren, es precisamente olvidarse de que aquellos que sufren son personas. Fácilmente podemos tratar las injusticias de nuestro mundo como simples cuestiones, olvidando que esos abusos son injustos porque afectan a personas. Cuando perdemos de vista la dimensión humana, podemos perder fácilmente la realidad esencial del hambre y sed de justicia de Jesús. Si conocemos a personas que sufren tales injusticias, podemos empezar a sentir tal realidad y el ansia de algo diferente, y como Jesús, desearemos cambiarlo.
Durante cuatro años fui capellán voluntario en la prisión estatal de Indiana y conocí a muchos de los hombres que estaban en el pabellón de la muerte. Ellos conocen la injusticia muy bien. He aquí una de sus historias.
Casi todos los días viví la extraña experiencia de entrar y salir de la prisión de máxima seguridad. Usualmente, las únicas personas que entran y salen todos los días, lógicamente, son los guardias. Su trabajo es mantener a los hombres encerrados, como un servicio al Estado. Mi trabajo, en cierto sentido, era menos claro. Para mí, sin embargo, era muy claro: escuchar, hacer amistad y cuidar a las personas que estaban encarceladas. Si pudiera llamarse mi estrategia pastoral, ésta era caminar a la celda, preguntarle a la persona en ella "¿cómo estás?" y escuchar su respuesta. Con las personas condenadas a muerte, escuché la respuesta a esa pregunta durante cuatro años. Sus respuestas revelaban remordimiento, miedo, ira y tristeza; con frecuencia, éstas se convertían en amistad y hermandad. Suena extraño decirlo, pero puedo considerar como mis buenos amigos a muchos de estos hombres condenados a muerte.
Entrar en el edificio donde está el pabellón de la muerte siempre fue algo inusual. Entraba a la prisión a través del recibidor, un corredor enlozado y muy limpio. Después, colocaba mis objetos personales (llaves, cartera, salterio, libros) en una caja plástica y eran examinados por una máquina de rayos X. Mientras tanto, caminaba a través de un detector de metales y después era revisado de pies a cabeza por un oficial de la prisión. Entonces podía continuar. Esperaba de pie ante una puerta eléctrica de acero y cristal a otro oficial que se encontraba detrás de más acero y cristal, y aquel me veía, aprobaba y abría la puerta motorizada. De ahí, caminaba a un área pequeña cerrada en ambos lados, donde otro guardia, localizado tras un vidrio a prueba de balas, me revisaba nuevamente, revisaba de nuevo mi identificación, y después me dejaba entrar, abriendo nuevamente otra puerta motorizada. Después, caminaba a lo largo del pasillo de los guardias, donde nuevamente revisaban todo lo que llevaba, para después permitirme el paso por otras tres puertas de manejo electrónico. éstas rechinaban fuertemente y podía abrirlas con mis propias manos. Caminaba a través de ellas y finalmente estaba en el interior, detrás de la pared. A mi derecha se encontraba un edificio de ladrillo largo y sucio, con una puerta metálica de color azul muy voluminosa. Al otro lado de la puerta e insertado entre los ladrillos colgaba un letrero escrito en una lámina plana que decía: "X-Row".
Una de las grandes realidades del pabellón de la muerte es la negación. Con este signo, siempre sentí que la negación comenzaba en la puerta. En toda la correspondencia de la prisión, de oficina a oficina, de un oficial estatal a otro, el pabellón de la muerte es conocido como "X-Row". Si trabajas mucho tiempo en este lugar, tienes que decirte a ti mismo otra cosa diferente a la verdad. El estar diciendo "pabellón de la muerte" una y otra vez, eventualmente dará un tirón a la conciencia.
Una vez dentro de esa voluminosa puerta azul, el pabellón de la muerte es oscuro. Las ventanas están embarradas de mugre y dejan pasar muy poca luz. Los pisos son de concreto. Hay barras negras de acero separadas a unos pies de distancia. Los radios de los guardias rasgan el aire. Ocasionalmente timbra un teléfono. Pero si caminas más y te detienes ante una celda, puedes descubrir mucha gente hermosa, triste, curiosa y complicada.
Jerry fue uno de los primeros hombres que conocí en el pabellón de la muerte. Su celda estaba cerca de la estación de los guardias, por donde entraba a la sala. Durante algunos años él fue el portero [el prisionero que entregaba la comida y otros objetos provenientes de los guardias a los prisioneros]. Posiblemente la única ventaja de este trabajo era que el portero pasaba la mayor parte del día fuera de su celda. La rutina común del pabellón de la muerte mantiene a los hombres dentro de la celda 23 horas diarias, con una hora de recreo. El portero está fuera de la celda 8 ó 9 horas diarias, haciendo su trabajo de entrega. Este trabajo requiere que el prisionero balancee muchas y diferentes personalidades, las de los guardias así como las de los prisioneros. Jerry siempre lo hizo bien.
El arma principal de Jerry en contra de la brutalidad de "la vida" en el pabellón de la muerte era su buen humor. Cuando llegaba, usualmente "gritaba" a otros prisioneros desde su celda: "El hermano Joseph ha llegado; ¡pretendan que están dormidos!" Después se reía, pensando que había hecho algo realmente gracioso.
Jerry y yo hablábamos de todo lo que se nos ocurría. Con frecuencia arrimaba un viejo contenedor de botellas de leche, justo frente a las rejas de su celda para sentarme y hablar con él. Por su parte, acercaba su silla plástica a las rejas de su celda, y era entonces cuando hablábamos y hablábamos. Me contaba acerca de su familia, de la experiencia de estar aislado de muchos de sus parientes, así como de sus distintas adicciones. Me comentaba acerca del crimen que cometió, resultado de su adicción a las drogas y al alcohol. Con frecuencia hablaba de la tristeza que sentía por haber matado a un hombre. Hablaba de la esposa de ese hombre y de cómo oraba por ellos todos los días, enojado y herido a la vez, por la profundidad de la herida que les había causado. Hablaba del fiscal que presentó lo cargos y cómo ella dijo cosas que sabía que no eran ciertas, pero lo hizo para manipular al jurado a fin de que lo sentenciaran a muerte. Hablaba del dolor que eso le había causado.
Jerry siempre fue honesto con sí mismo: "el único responsable de que esté aquí soy yo". Esta era su manera de admitir su responsabilidad tanto por su propia vida como por sus acciones, y al final, probablemente esa responsabilidad era saludable para él. Pero algunas veces dudé de que esto fuera realmente cierto. Sentí que toda la maraña de realidades que llevaron a Jerry al pabellón de la muerte, desde la falta del buen cuidado de la salud mental, de una familia inestable, pobreza, hasta la adicción a las drogas; todo esto contribuyó a su presencia en esta celda de ocho pies de ancho por diez de largo.
Aunque todos tenemos el potencial para la bondad y la crueldad, siempre me fue muy difícil imaginar cómo el cristiano considerado y gentil que encontré en la persona de Jerry, podría ser la misma persona que mató a un hombre en un área de descanso de una autopista. Cuando alguien comienza a utilizar drogas, hace una serie de malas decisiones. Se junta con otros que las abusan y con frecuencia violan la ley para ponerse "fuera de onda". éstas son elecciones que él pudo evitar, y es correcto que sea responsable de las acciones que cometió después. Sin embargo, mucho antes, dependiendo del tipo de drogas que esté usando, su juicio mental va de un razonamiento dañado y debilitado o la no existencia del mismo. Cualquier sentido moral, cualquier razonamiento o libre albedrío que tuvo alguna vez pueden desvanecerse fácilmente. En su lugar, queda sólo la urgencia de la próxima dosis. Muchos de los que abusan de las drogas harían cualquier cosa para detener el efecto que ese deseo urgente causa en ellos. Me veo en la necesidad de pensar en la misericordia de Dios ante las acciones de los adictos, ante la falta de razonamiento y control de sí mismos, ante esta ausencia de premeditación. ¿No debemos también ser misericordiosos?
Muriendo día a día
Una de las experiencias más bonitas que pasé en el pabellón de la muerte fue cuando Jerry y algunos de los prisioneros a su alrededor estaban cocinando. Ellos pudieron pedir algunos alimentos deshidratados de la comisaría de la prisión. Los colocaron en un sartén plástico bajo el agua caliente del fregadero, de esta forma la comida se hidrataba y les parecía que era comida recién cocinada. Los prisioneros mezclaron atún enlatado con algo de frijoles, ajíes picantes y pan, creando una especie de torta. Jerry estaba muy contento de poder compartir esto conmigo. él y los otros dos prisioneros que cocinaron con él se gritaban unos a otros y los guardias me permitieron tomar las distintos cazuelas y llevarlas a diferentes presos. Cuando todo estaba preparado, Jerry extendió dos servilletas de papel toalla, dos tenedores plásticos, dos tazas de corcho blanco con café y dos manzanas. Se veía como un pequeño arreglo de restaurante. Arrimé la reja de botellas de leche a las barras de su celda para sentarme. él arrimó su silla, y la pequeña bandeja de metal donde colocaba sus alimentos se convirtió en nuestra mesa familiar. Dimos gracias, comimos, reímos y hablamos. En ese momento se hizo muy claro para mí por qué Jesús escogió un alimento para la Eucaristía, el acto central de la liturgia cristiana.
Uno de los más grandes sufrimientos en el pabellón de la muerte es la brutalidad diaria. Cada detalle de la vida de estos hombres les dice: "tú no mereces vivir". Una de las necesidades más básicas de ser humano es amar y manifestar este amor compartiendo y sirviendo. Lo que me di cuenta fue que Jerry y sus compañeros en el pabellón de la muerte siempre comían solos. Jerry me dijo que ésta había sido la primera comida que no había comido solo durante los últimos ocho años. Eso me destrozó el corazón. Poner un lugar para alguien más, preparar y proveer los alimentos para alguien otra persona es una necesidad humana muy profunda. Hemos estado haciendo esto por dos milenios. El privar a los prisioneros de tal acción crea un ambiente deformado y deshumanizante.
Uno de los mitos acerca del pabellón de la muerte es que no hay justicia ni castigo hasta que la persona es ejecutada. Esto no podría estar más lejos de la verdad. La brutalidad de la pena de muerte comienza el minuto en que la persona es sentenciada y continúa hasta que recibe la inyección letal. Un prisionero del pabellón de la muerte vive con el conocimiento de que él o ella será asesinado en una manera bien planeada y calculada, a menos que haya un milagro. Este conocimiento comienza el proceso de deshacer una vida. Escuchar a cada momento y con detalles que uno no "merece vivir", es ser destruidos lentamente, poco a poco, día a día.
La destrucción de tu persona toma muchas formas. Un número reemplaza tu nombre como identificación personal. Usas la misma ropa horrible que llevan todas las otras personas a tu alrededor. Los guardias vienen a tu celda en cualquier momento sin aviso alguno y toman cosas de tus pertenencias, y no hay opción para ti.
Mientras estuve sirviendo en esa prisión, Jerry se hizo católico. Sus múltiples preguntas acerca de la fe, la vida y Dios encontraron resonancia en la tradición católica. Amaba a María, la madre de Jesús y en ella encontró una guía femenina cuyo "Sí" a Dios fue decidido, profundo y valiente. Su ejemplo le afectó fuertemente y lo llevó a la fe.
De niño, Jerry había sido bautizado en una iglesia pentecostal; por lo tanto, decidimos que recibiría la confirmación en la Iglesia católica durante la Vigilia Pascual. Preguntamos en la administración de la prisión si él podía asistir a la Vigilia Pascual, junto con otros prisioneros que serían bautizados y confirmados. El permiso fue negado.
Inclusive, Jerry preguntó si los guardias podían ofrecerse como voluntarios para acompañarlo al servicio. Si ellos podían ofrecerse como voluntarios para el equipo de ejecuciones, pensó, ¿por qué no se pueden ofrecer como voluntarios para esto? Muchos guardias le dijeron que lo harían, pero nuevamente, la administración de la prisión se negó. En lugar de la Vigilia Pascual, durante el Tercer Domingo de Pascua de 1999, nos sentamos en el área de visitas de los condenados a muerte, una gran jaula en el salón de los guardias. Ahí celebramos la Eucaristía, recibimos y confirmamos a Jerry. El sacerdote capellán de la prisión, dos de sus amigos y yo, nos sentamos alrededor de una mesa/altar y cantamos aleluyas. él, en su uniforme rojo, propio de los condenados a muerte, se mantuvo empujando sus lentes hacia los ojos que fluyeron libremente en lágrimas. En medio del ruido metálico de las puertas y de las risas de los guardias, le impusimos las manos, lo ungimos con el óleo y lo confirmamos con el nombre de Dimas, el hombre que fue ejecutado al lado de Jesús. Cantamos con todas nuestras fuerzas en ese mundo extraño de barras de acero y cemento.
Dos años después Jerry fue ejecutado por el Estado de Indiana. Tuve la oportunidad de regresar y pasar los últimos dos días de su vida con él. Estaba en sus cinco sentidos, genuinamente era él mismo. Reímos, hablamos acerca de su familia y de sus sufrimientos, acordamos detalles de último minuto respecto a sus pertenencias y oramos la mayor parte del tiempo. Leímos el texto de Lucas sobre el hombre ejecutado al lado de Jesús, cuyo nombre él había tomado. Leímos y releímos la promesa de Jesús a aquél hombre: "Hoy estarás conmigo en el paraíso". Le recordé a Jerry que el amor de Dios así estaba de cercano a él, así de íntimo. Cerró sus ojos e inclinó la cabeza.
Como su consejero espiritual, tuve la oportunidad de estar con él en su celda de espera desde las 5 de la tarde hasta las 10:45 de la noche, antes de su ejecución, fijada para la media noche. Hizo pocas llamadas telefónicas: una a su sobrina, a quien se había mantenido especialmente cercano. Ella estaba en una cama del hospital de maternidad; a penas había dado a luz. En lo que ellos hablaban por teléfono, amamantaba a su hija recién nacida, ella en una sala de maternidad sostenía una nueva vida en sus manos, y Jerry, en una celda de espera, al otro lado de la sala donde el Estado terminaría la suya. Me aparté para darles algo de privacidad y me asombré ante la tristeza de todo esto.
También, durante sus horas finales escribió su última declaración. Me pidió que la leyera a los reporteros; no sabía si él podría decir mucho una vez que estuviera en la camilla. Escribió: "Sé que he herido a mucha gente en mi vida, especialmente a mi familia y a la familia de mi víctima. Pido perdón por el dolor que he causado (aquí mencionó el nombre de la esposa y del hijo del hombre que había asesinado), mis propios amigos y mi familia. Les pido que me perdonen. Y para aquellos en la prisión que me hicieron esto, les digo: 'Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen'." Me preguntó que si estaba bien. Le dije que estaba hermoso, que era exactamente lo que había que decir. Pareció complacido.
Le dije también, como lo había hecho ya muchas veces, que el crimen que lo puso en el pabellón de la muerte no era la totalidad de su vida. Le recordé que aquél "Jerry Bivins era mucho más que ese acto determinado". Le dije que era profundamente amado por su familia y amigos quienes lo conocían como alguien gracioso, considerado, cuidadoso y gentil.
En lo que caía la tarde, el capellán de la prisión y yo decidimos ungirlo. Dado que él era un hombre saludable, pensamos que no tendría sentido darle el sacramento de la Unción de los enfermos, y lo ungimos con el santo crisma. Le dijimos a Jerry que era "fuerza para la jornada". Trazamos la cruz en su frente con el crisma y leímos nuevamente el pasaje de: "Jesús, acuérdate de mi".
Un poco después, los guardias vinieron a la celda de espera y nos dijeron que era tiempo de marcharnos y así mantener en secreto la identidad del equipo ejecutor. Me acerqué nuevamente a las barras y Jerry se puso de pie. Me agradeció y dijo que me quería. También yo le dije que lo quería. Le dije que si necesitaba ver a alguien durante la ejecución, que mirara hacia mí. Le recordé que mantuviera en sus labios las palabras: "Jesús, acuérdate de mí". Lloró e inclinó la cabeza. Le dije que ser su amigo y conocerlo había sido todo un honor. Unimos las manos a través de las barras y lloramos. Finalmente le pedí algo: "Dile a Dios que hicimos las cosas lo mejor que pudimos". Sonrió a través de sus lágrimas y me dijo: "él sabe que lo hiciste". Solté sus manos, di la vuelta y me encaminé hacia afuera. Antes de cruzar la puerta, miré hacia atrás y vi a Jerry trazando nuevamente la cruz marcada con el óleo sobre su cabeza.
Me senté con otros testigos en la capilla hasta que fuimos llamados a presenciar la ejecución. Entre los demás testigos había algunos fiscales, dos amigos de Jerry: el obispo católico Dale J. Melczek, de Gary, Indiana, y el Padre Paul, capellán de la prisión. Alrededor de la media noche el guardia entró en la capilla para llevarnos luego a la sala de ejecución, pasamos por muchas puertas de barras, hasta llegar a un cuarto donde había tres hileras de sillas de frente a una ventana, cuyas persianas estaban cerradas. Esta ventana daba a la cámara de ejecución.
Nos sentamos por unos pocos minutos, rodeados por muchos guardias hasta que las persianas se abrieron repentinamente. Jerry estaba recostado en una camilla con una aguja intravenosa insertada en su brazo izquierdo que colgaba de un lado de la camilla. Aún tenía puestos sus lentes. Miró hacia nosotros y sonrió. Con sus brazos atados a la camilla, se las averiguó para mover su mano izquierda, de la cual aún pendían las esposas. Continuó mirándonos. Era muy difícil decir cuando empezaron las inyecciones. La cabeza de Jerry permaneció volteada hacia nosotros, mirándonos a través de la ventana. Luego de unos momentos de quietud, Jerry tosió muy fuerte y parecía ahogarse. Algunos de los testigos se estremecieron. Jerry se convulsionó, sollozó e hizo un gran esfuerzo para librarse de las correas. Estos dolorosos segundos se convirtieron en años. Finalmente se detuvieron las convulsiones y se quedó inmóvil. Su cabeza se reclinó hacia atrás, boquiabierto. Algunos de los testigos sollozaron. Por mi parte, oré: "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte". Las persianas se cerraron repentinamente. Un guardia nos pidió que nos levantáramos. El obispo Melczek se levantó e hizo la señal de la cruz hacia la ventana. Salimos en silencio hacia un vehículo de la prisión que nos transportaría al estacionamiento. Era alrededor de la 1:15 de la madrugada, una noche oscura de Indiana.
Estos sucesos me revelan la devastación que esta forma de castigo inserta en todas las personas involucradas: la familia de la víctima, otros prisioneros, abogados, amigos y los oficiales del centro de corrección. Ninguno permanece inmune ante la inhumanidad de este acto. Aun así, hay políticos, fiscales, presidentes, incluso algunos dirigentes de iglesias que defienden la pena de muerte en términos de disuasión, seguridad, justicia y retribución. Están equivocados. No sólo eso, su error puede traer consecuencias destructivas para mucha gente. Es completamente equívoco evadir el hecho de que la pena de muerte brutaliza a todas las personas involucradas.
La gente de fe debe manifestarse abiertamente. Si realmente creemos que la vida viene de Dios, no podemos permitir que actos brutales de tal naturaleza se lleven a cabo por el Estado, con fondos públicos, en nuestro nombre. Sabiendo que hombres y mujeres inocentes están en el pabellón de la muerte, que esta penalidad cae injustamente en personas de color y en las pobres, debemos denunciarlo abiertamente. Más profundamente aún, sabiendo que cada persona es una imagen y semejanza divina, ¿cómo podemos pretender acortar la vida de alguien antes que Dios le haya dado todas las oportunidades de conversión habidas y por haber? Las personas de fe echar su miedo a un lado, dejar a un lado sus deseos de venganza y dar fin a este castigo.
Joseph Ross es escritor y radica en Washington, D.C. Traducción Marina A. Herrera, Ph.D.
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