Los sucesos del 11 de septiembre de 2001, mostraron lo mejor y lo peor de la humanidad. Vimos actos de terrible degradación y, en respuesta a ellos, actos de verdadera nobleza. ¿Cómo puede la humanidad actuar en formas tan radicalmente diferentes? La respuesta está en la forma en que veamos la vida humana.
Un punto de vista dice que la vida humana no tiene valor ni inherente dignidad. Es algo para usarse y cuyo valor depende de su utilidad para los demás. El otro punto de vista sostiene que cada vida humana tiene un valor inmensurable. Los seres humanos han sido creados a imagen de Dios, cada uno diferente e irremplazable. No deben ser usados por otros para alcanzar sus propósitos –al contrario, cada uno de ellos tiene su propio destino.
Quienes planearon los ataques de septiembre mostraron total desprecio por la vida. Seres inocentes fueron considerados como blancos de destrucción, sin nombres ni caras. Los terroristas estaban ciegos al valor de las víctimas como individuos, padres amorosos, madres, hijos e hijas. Su único valor era el de combustible para atizar la guerra contra la sociedad moderna. Los "cerebros" trataron hasta a los mismos secuestradores como instrumentos, sacrificándolos sin aparente remordimiento.
Comparemos este desprecio por la vida con la actitud del personal de rescate y con los empleados que lucharon por ayudar a otros a evacuar las Torres Gemelas y el Pentágono, y esos valientes pasajeros que forzaron un avión a estrellarse en Pensilvania salvando así incontables vidas. Sus actos de heroísmo demuestran su convicción de que cada vida humana –aun la de un desconocido– es inestimable. Muchos voluntariamente arriesgaron, y perdieron, su vida. No porque despreciaran su propia existencia, sino porque sabían que no hay mayor prueba de amor que ofrecer la vida por salvar a otros.
Recordemos algunos de los "Perfiles del dolor" en el New York Times recordando las víctimas del ataque a las Torres Gemelas:
El hermano de Abe dijo que "él nunca volvió la espalda a otro ser humano". él rehusó abandonar a un colega parapléjico en las torres ardientes y murió a su lado.
Cuando niño, uno de los bomberos "siempre traía a la casa a alguien que necesitara algo de comer o un abrigo". A su madre no le sorprendió encontrar en su apartamento un paquete de "cartas a Santa". Todos los años repartía anónimamente a niños pobres, los regalos que ellos deseaban.
El lema de Eric era "Haz lo correcto". Cuando no estaba de turno en la cuadrilla de rescate, era un "modesto, asiduo 'arréglalo-todo' para los amigos y los ancianos" de su vecindario en Brooklyn.
El padre Mychal Judge dio su vida rezando con las víctimas en la escena de la tragedia. Su puerta en el monasterio de los franciscanos en el centro de la ciudad, estaba siempre abierta para cualquier necesitado. "Dale un sweater de cachemira", decía un amigo, "y termina abrigando a un desamparado. Ibas a él con una carga en el alma y te escuchaba atentamente por el tiempo que fuera necesario".
Estas personas ordinarias son recordadas por haber hecho cosas sencillas con gran amor. Y aunque lo supieran o no, estaban ayudando a construir una cultura de vida en la cual no hay lugar para la indiferencia, la violencia , la intolerancia y la injusticia.
Hablando a los jóvenes en Kazakhstan el año pasado, Juan Pablo II presentó la idea central de esta cultura de vida: "Ustedes son un pensamiento de Dios. Ustedes son un palpitar de Dios. Decir esto es como decir que tienen un valor ... infinito, que son importantes para Dios en su completa y absoluta individualidad".
Nuestras vidas pueden ser también muy importantes para otras personas. Amando y viviendo para otros –como Jesús nos enseñó– podemos dar felicidad a los demás y transformar sus vidas.
Los terroristas del 11 de septiembre no fueron los primeros ni serán los últimos, en considerar erróneamente, que la vida humana no tiene valor intrínseco, que es sólo algo que se usa y se desecha. Esta peligrosa suposición es la base de las tantas formas en que nuestra cultura deshumaniza a las personas:
- muchos consideran a una criatura aún no nacida como propiedad que la madre puede "retener" o abortar según le convenga
- en Oregón, se aconseja discretamente a los ancianos débiles y moribundos que consideren el suicidio con ayuda médica para evitar ser una "carga" para su familia y para la sociedad
- en los Países Bajos, la eutanasia es tanto legal como común; los adolescentes deprimidos y los bebés nacidos con condiciones que no presentan peligro de muerte, como el síndrome de Down, son elegibles
- quienes apoyan la pena de muerte alegan que es muy costoso "mantener a un criminal vivo" como si los prisioneros no fueran seres humanos con almas que pueden abrirse a la gracia de Dios y buscar la misericordia de la que todos dependemos
- los embriones humanos "sobrantes" de tratamientos de fertilización in vitro (IVF) pueden ser botados o congelados para volver a tratar en el futuro; algunos científicos usan estos embriones "sobrantes" en investigaciones destructivas, y hasta hay quienes argumentan que el uso de embriones humanos reduce la necesidad de experimentar con animales
- grupos de científicos e investigadores están exigiendo que se les permita crear embriones humanos vivos sólo para destruirlos en el laboratorio para estudiar sus células; algunos hasta quieren producir clones humanos alegando que "sin ellos no ocurrirán las curas que requieren células de embriones".
Desde el aborto, hasta la ayuda para el suicidio, la destrucción de embriones "sobrantes", la creación de vida simplemente para destruirla, hemos recorrido un buen trecho en la consideración de nuestros semejantes como cargas sin rostro o "cosas" para ser usadas.
No es posible revertir esta actitud de la noche a la mañana. Pero no es exagerado decir que el futuro de la humanidad depende de ello. Una sociedad en la que nuevas vidas humanas pueden ser planeadas, creadas, manipuladas y destruidas como mero material de investigación no es una sociedad que puede apreciar el regalo incomparable que es la persona humana.
Una cultura de vida –donde cada ser humano es protegido, respetado y celebrado– comienza con una decisión personal de respetar la dignidad de otros. Pero se necesita mucho más que eso. Debemos mostrar esta cultura a los demás con nuestras palabras y acciones, y trabajar por establecer reglamentos gubernamentales que apoyen la vida y la dignidad humanas. Sobre todo, debemos orar.
En todos estos esfuerzos, no debemos olvidar jamás los ejemplos de hombres y mujeres ordinarios que han sido heroicos testigos de la santidad y dignidad de la vida humana. Y debemos recordar siempre lo inestimable y precario que es realmente el regalo de la vida que Dios nos ha dado.

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