Vivir el Evangelio de la Vida: Reto a los católicos de Estados Unidos, es una publicación de los obispos estadounidenses, que salió a la luz en noviembre de 1998. De por sí, Vivir el Evangelio de la Vida es un llamado resonante a todos los católicos, para que le den una acogida ferviente a todas sus grandes responsabilidades y puedan librar la batalla contra la cultura de la muerte fomentando la cultura de la vida. Pero si leemos el documento de los obispos desde el punto de vista de las encíclicas Evangelium vitae, Veritatis splendor y Fides et ratio, y de los tres grandes misterios que entrelazan estas tres encíclicas, podemos asomarnos a comprender algo de profundo significado de Vivir el Evangelio de la Vida.
El Cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, recientemente citó al Cardenal Christoph Schonborn de Viena (quien a su vez citaba a su predecesor Cardenal Franz Konig): el problema de hoy en día es "molto teologia, ma poco Dio" –"mucha teología pero muy poco sobre Dios". Lo que quiso decir es que es crucial que miremos los asuntos de la política y de la moral públicas bajo el contexto de nuestra fe en el Dios trino, y en reconocimiento de nuestra fe en un Dios que nos ha llamado a una comunión con el Padre, y el Hijo y el Espíritu Santo. Aún cuando gozamos de una causa común con los no católicos y los no cristianos en asuntos de pro-vida, es importante para nosotros colocar estos planteamientos dentro de la perspectiva específica que nos presentan los "misterios" de nuestra fe.
Evangelium vitae y la Anunciación: Dios y la cultura de la vida
Algo que frecuentemente perdemos de vista cuando pensamos en la Anunciación es esto: cuando el Angel Gabriel le revela a María que va a ser la Madre de Dios, ella le responde en una forma muy humana y comprensible. María le dice: "No estoy casada" –en efecto, "No estoy preparada para esto". Y Gabriel, hablando como el emisario de Dios que es, echa a un lado esta protesta, y le contesta, "No, no lo estás. Pero Dios se encargará de prepararte para este don tan singular".
Pensémoslo bien. Si Dios hubiera querido esperar a que el mundo estuviese preparado para recibir la gracia de la Encarnación, todavía estaría esperando. E igualmente nosotros. ¿Por qué? Porque nunca jamás estaremos preparados para recibir todos los dones que Dios quiere ofrecernos. Es imposible para nosotros organizar suficientemente nuestras vidas hasta el punto en que podamos decir: "OK. Ya estamos listos. Puedes venir ahora". Las condiciones necesarias para la gracia de Dios son en sí mismas regalos que Dios mismo va creando en nosotros. En el caso de María, según nos confirma el dogma de la Inmaculada Concepción, él la ha preservado libre de pecado desde el primer momento de su vida. Es solamente la gracia de Dios, la que nos hace posible llegar a ser dignos de recibir cualquier cosa de sus manos. Con una fe que es en sí un regalo divino para ella, María sabe muy bien reconocer esto. Ella finalmente responde: "Hágase en mí según tu palabra". ¿Qué más podemos decir? Cuando no se exigen condiciones, las excusas no vienen al caso. Es nuestro deber aceptar los dones de Dios bajo el manto de la fe.
Dios ama la vida y todo lo bueno que crean sus manos. Dios llama de la nada a todos a quienes se dispone a llamar con su amor. Este es el patrón de la acción creativa y redentora de Dios: él crea las condiciones que habrán de facilitarle a sus criaturas el poder responderle con amor.
Algunos pensadores modernos han concluido que, si aceptamos la fe cristiana bajo estas circunstancias, entonces no quedará espacio para que los seres humanos puedan ser libres, como si Dios los hubiese sofocado. Algunos pensadores de hoy día han calificado una fe como ésta de anti-humana, y han concluido que la autonomía y la libertad humanas exigen la cancelación total de un Dios como tal. El ser autónomo, ellos opinan, puede sobrevivir sólo si este Dios desaparece. La gran falla de esta forma de pensar, como nos muestra el Papa Juan Pablo II en Evangelium vitae, es que concibe la situación humana como si nos encontráramos en una competencia con Dios, de la cual solamente saldríamos ganando el primer lugar, si Dios se retirara completamente. Pero el Santo Padre nos asegura que justamente lo opuesto es el caso: Dios crea las mismísimas condiciones para nuestra existencia y para todo lo que hemos de hacer. La realización total de la humanidad yace no en la autonomía sino en la teonomía, es decir, en una participación en la vida de Dios.
¿Acaso necesitaba el Papa de 200 páginas para decir que es un agravio matar? Ya sabemos por los Diez Mandamientos que matar es pecaminoso. El fundamento de Evangelium vitae se podría muy bien haber resumido en unas pocas páginas señalando sencillamente los puntos principales del dogma. Pero en esta encíclica, el Santo Padre nos ofrece un análisis penetrante de la cultura de la muerte y de sus modernos señalamientos filosóficos. El Papa argumenta que, contrario a lo que algunos filósofos modernos han pensado, nuestra experiencia nos indica que el eclipse de Dios crearía un peligro mortal para nosotros. La cultura de la muerte surge de un esfuerzo por hacer desaparecer a Dios. Cuando los seres humanos dejan de reconocer la vida como un don de Dios, llegan a considerarla como algo sobre el cual tienen completa autoridad y control. Y entonces, se encontrarán en un peligro mortal.
No debe sorprendernos, entonces, que el Papa Juan Pablo II firmara Evangelium vitae en la fiesta de la Anunciación. Uno de los más profundos significados de este misterio es que la vida de toda criatura –la vida misma y la vida de la gracia– es un regalo de Dios.
Llegar a aceptar la vida como un don y estar a la vez sujetos a Dios no puede ser causa de destrucción para la humanidad, sino más bien una realización de lo que es más profundamente humano en el hombre. En su argumento sobre el pecado de los ángeles, Santo Tomás de Aquino se pregunta cuál pudiera ser la naturaleza de tal pecado. Tras haber eliminado algunas de las más obvias alternativas (p. ej., sin cuerpo físico, ¡es imposible pecar por lujuria o gula!), procede a explicar que de acuerdo a la tradición, su pecado es uno espiritual: los ángeles caídos, se ha dicho, anhelaban ser como Dios. Pero "¿qué hay de malo en esto?" se pregunta en efecto Santo Tomás. ¿Qué hay de malo en querer ser como Dios? El problema con el pecado de los ángeles, nos dice Santo Tomás, es que ellos deseaban ser como Dios como si tal ambición fuese un derecho propio. Querían arrebatarle a Dios algo que solamente podía ser suyo como un don, y algo que decididamente Dios quería compartir con ellos por amor. En consecuencia, éste es el significado de todo pecado.
Lo que el Papa quiere decirnos es esto: la vida es un don que no está a nuestra disposición. Dios desea ofrecérnosla como un regalo suyo, y así debemos recibirla. Si no vivimos con la realización de que la vida misma, la vida de la gracia, y en fin de cuentas, la vida gloriosa, son todas y cada una de ellas un regalo de Dios, nos veremos acosados por la tentación de la cultura de la muerte, o peor aún, nos estrellaremos contra ella. La enseñanza de Evangelium vitae es una enseñanza sobre el amor de Dios por la vida humana, y en consecuencia, sobre la necesidad de que proclamemos este evangelio. Esta es la raíz teológica que explica toda nuestra participación en el movimiento Pro-Vida y que a su vez anima el documento Vivir el Evangelio de la Vida. Toca las verdades más profundas acerca de Dios y acerca de la humanidad. La vida es un don: sin Dios no somos nada, pero con Dios lo somos todo. Es por esto que la lucha vale la pena, contrario a lo que algunos críticos manifiestan, y es la razón por la cual debemos librar esta batalla no sólo en las iglesias sino también en todos los ámbitos de la vida pública.
Veritatis splendor y la Transfiguración: Dios y la Cultura de la Libertad
Proclamada en 1993 en la fiesta de la Transfiguración, Veritatis splendor nos invita a reconocer la realidad de la existencia humana aceptando la Bondad esencial de Dios, que nos ha hecho posible a través de Cristo. El misterio de la Transfiguración nos provee la llave para entender el verdadero significado de la libertad.
En la Transfiguración, los discípulos contemplaron a Cristo gloriosamente transformado. San Leo Magno ya nos había dicho anteriormente que Cristo tenía una doble razón para permitirles a ellos e igualmente a nosotros contemplar su gloria. Primeramente, él quiso "apartar el escándalo de la cruz de los corazones de sus discípulos". Habiendo contemplado a Cristo transfigurado, ellos podrían reconocer más tarde que la aparente derrota de la cruz era en realidad una victoria. En segundo lugar, San Leo nos explica que nosotros, la Iglesia, podríamos entonces comprender lo que Dios tiene guardado para nosotros. Como San Pablo nos recuerda, "Nos vamos transformando en imagen suya" (2 Cor:3-1). El concepto de que nos vamos moviendo hacia la gloria es difícil de aceptar y sólo se comprende por la fe: no llegaremos a contemplar la plenitud de la gloria hasta el final.
Vamos descubriendo que nuestra transfiguración es realmente una transformación en Cristo: la gloria de Cristo se habrá de revelar en nosotros. En un pasaje que sigue al relato de la Transfiguración, Cristo reafirma: "El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga". Y entonces nos ofrece la siguiente paradoja tan extraña: "el que quiera salvar su vida, la perderá pero el que pierda su vida por amor a mí la hallará" (cf. Mateo 16:24-26). En otras palabras, solamente transformándonos en Cristo podremos encontrarnos a nosotros mismos.
Considerando simplemente nuestra propia experiencia, podemos darnos cuenta de cuán sorprendente es esta aseveración del Señor. Imaginémonos a nosotros mismos como supervisores, padres, maestros, un obispo, un esposo o esposa, o un sacerdote. ¿Quién le diría a alguien bajo su responsabilidad (no importa el alto grado de respeto propio que tengamos): "Tú nunca llegarás a encontrarte a ti mismo a menos que no seas como yo"? Por el contrario, quisiéramos que cada cual reconociera sus propios talentos, y que no se convirtiera en una copia nuestra. Solamente el Hijo de Dios es capaz de decirle a los seres humanos: Encontrarás a tu verdadero yo, sólo cuando llegues a imitarme. él se ha dirigido así a todo ser humano que ha vivido en este mundo, que vive en el presente y que vivirá en el futuro. Mientras más tratemos de buscarnos a nosotros mismos fuera de su Presencia, mucho más nos estaremos alejando de nuestro verdadero yo.
Muchos pensarán acaso que la fe cristiana implica una supresión de nuestra humanidad. Una vez que hemos aceptado el Evangelio, ellos dirán, la libertad de ser nosotros mismos quedará coartada, y quedará igualmente frustrada la habilidad de explorar las muchas posibilidades que nos ofrece la vida. Pero, sin embargo, mientras más profundamente se nos va revelando el significado del misterio de la Transfiguración, la imitación de Cristo no nos conduce a destruir nuestra libertad y con ella, nuestra identidad y personalidad humanas únicas. Por el contrario, el propósito de la libertad, es hacernos capaces de recibir todo lo bueno que Cristo nos ofrece. Y en fin de cuentas, al llegar a ser cada día más imitadores de Cristo, no seremos menos nosotros mismos, sino que llegaremos a reconocer un nuevo, distintivo y único yo.
Llegar a ser libres no implica tener que confrontar un sinnúmero de posibilidades a escoger, incluyendo el pecado. La libertad auténtica es una capacidad que proviene de Dios y que nos permite abrazar todo cuanto nos hace verdaderamente feliz: nos permite escoger a Dios. Este es uno de los mensajes claves de Veritatis splendor. Dios no nos obliga a escoger. El amor no puede ser impuesto; tiene que ser libre. Dios quiere que lo recibamos libremente, y la libertad es el don que Dios nos da para que podamos hacerlo.
El drama –y por decir así, la tragedia y la comedia de la existencia humana– reside en que, diferente a todo lo demás en el universo, somos las únicas criaturas que podemos equivocarnos al tratar de escoger el bien. Las flores, las ardillas, los gatos, los perros, todos ellos, llegan a realizarse, o fallan en el proceso de hacerlo, sin haber tenido la oportunidad de escoger. Cualquier cosa o suceso puede interrumpir el proceso de poder realizarse, pero no por su propia voluntad. Solamente los seres humanos podemos dejar de llegar a ser felices porque hemos fallado en escoger la felicidad. Bajo esta luz, podemos comprender el por qué, como nos reafirma Veritatis splendor, de cómo la verdad y la libertad están intrínsecamente conectadas. Una libertad indefinida, mediante la cual, cada persona busca la forma de encontrar el significado de su propia humanidad, sólo puede llevar a la infelicidad porque falla en su empeño por llegar a identificarse con la verdad de la naturaleza humana. No podemos definir nuestra propia naturaleza, así como tampoco puede hacerlo ninguna otra criatura. Nuestra naturaleza humana es un don divino. Tenemos que reconocer la verdad de lo que somos como seres humanos, para poder reconocer que la libertad yace en abrazar esa verdad, y que solamente ésta nos puede llevar a la felicidad en unión con el Dios trino.
A la luz del profundo análisis moral de Veritatis splendor, Vivir el Evangelio de Vida confirma el hecho de que la libertad auténtica es la libertad para escoger el bien. Este mensaje va íntimamente ligado a nuestra participación en las actividades pro-vida. La verdad sobre la transfiguración de cada individuo es del mismo modo la verdad sobre la sociedad en su totalidad. El cristianismo no es una secta –un pequeño grupo de personas religiosas que tienen algunas nociones particulares acerca de cosas o sucesos que no se pueden explicar por el uso de la razón. La Iglesia, más bien, comprende a toda la humanidad en su perfección escatológica. No es meramente un grupo de individuos que se va transformando a imagen de Cristo por medio del ejercicio de su propia y auténtica libertad. Es tambien la sociedad en conjunto, la que se va transformando a sí misma para formar parte de la familia del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Fides et ratio y el triunfo de la Cruz: Dios y la cultura de la fe
El mensaje del Evangelio de la vida, por consiguiente, es un mensaje universal: no puede haber otro futuro para el mundo que no sea el que Dios ha ordenado mediante el amor. Luchando juntos y en armonía, con fe, y a la luz de la razón, podemos llegar a comprender este maravilloso plan de la divina providencia. Sin embargo, fuera de la fe, la razón humana de por sí, nunca podrá alcanzar su perfección: nunca podrá llegar a encontrar todo lo que hay por descubrir. En Fides et ratio, el Papa Juan Pablo reafirma la enseñanza católica de que, contrario a lo que algunos han pensado, la fe no es un peso para la razón, sino más bien su liberación. Al firmar esta encíclica en la fiesta del Triunfo de la Cruz, el Papa ha querido señalar que es sólo mediante la cruz, donde se nos revela la profundidad de la sabiduría divina, que podemos discernir el cumplimiento resplandeciente de todo lo humano, incluyendo la razón.
Es casi una ironía que, al finalizar el siglo XIX, el Papa tuvo que defender la fe en contra de la razón, mientras que hoy en día, en las postrimerías del siglo XX, se ha visto en la necesidad de defender la razón en contra de la sinrazón. En Fides et ratio, nos encontramos ante la defensa del poder de la razón para llegar a encontrar la verdad. El relativismo y el pluralismo que tan claramente supo analizar en las otras encíclicas, vuelve a exponerlo aquí desde una perspectiva diferente –la perspectiva de la erosión de la confianza entre los filósofos, científicos y otros, cuyas actitudes afectan a la sociedad en general. La penetración de este relativismo en el medio ambiente de la sociedad de hoy, es un problema que le preocupa al Santo Padre y así lo expresa en Fides et ratio. Esta maravillosa encíclica es testigo de que hay que emplear la fe para sostener el poder de la razón humana y así llegar a alcanzar la verdad de muchos asuntos importantes.
Cristo nos invita a pensar. él ha venido a retar no sólo el corazón humano, sino también la mente de todos los seres humanos. Al servicio de Cristo, la razón humana se eleva muy por encima del más alto nivel de sus capacidades. El Papa Juan Pablo II nos invita a que usemos la razón para llegar a comprender mejor nuestra fe. El problema más grande de la religión no es el escepticismo, sino la credulidad. En nombre de la religión, la gente parece estar dispuesta a creer cualquier cosa. Este es un problema serio de hoy en día. Juan Pablo II nos explica que no podemos pensar en la fe como algo que viene a remplazar la razón o a destruirla. Por el contrario, la fe presupone el uso de la razón porque viene a ser el desarrollo perfecto del intelecto humano. La Revelación no echa a un lado lo humano, sino que lo lleva a la perfección. Si no fuera así, Dios estaría contradiciéndose a Sí mismo. Dios hubiera creado algo que tendría que descartar para poder salvarlo. Y Dios no necesita descartar la creación para poder salvarla. él la sana y la redime por la sangre de Cristo.
Vivir el Evangelio de la Vida: Reto a los católicos de Estados Unidos reafirma la enseñanza de Fides et ratio presentando el argumento de que la cultura de la muerte se nutre de la erosión del consenso sobre en qué consiste la verdad moral. Si no hay confianza en la capacidad de la razón para llegar a conocer la verdad y la bondad de la naturaleza humana, entonces, el consenso moral –el cual el Papa Juan Pablo considera ser fundamental para la supervivencia de las sociedades democráticas– quedará drásticamente desplazado. él entra aquí en una serie de argumentos, que no son simplemente amonestaciones. Habiendo vivido en sociedades totalitarias, el Papa reconoce que si abandonamos la búsqueda de un consenso sobre la verdad moral, entonces, un poder indisciplinado será imprescindible para obtener por la fuerza una conformidad social.
Podemos comprender mejor el significado de Vivir el Evangelio de la Vida a la luz de esta temática. Para convertirnos en un Pueblo de Vida tenemos que luchar por recuperar, cruzando las fronteras de la fe, un consenso sobre la naturaleza humana y la bondad del ser humano, y llegar igualmente a desarrollar un consenso sobre el bien común. Solamente así, la cultura de la vida podrá desplazar la cultura de la muerte.
En Vivir el Evangelio de la Vida, los obispos han hecho una llamada a los católicos para que vivan su fe "públicamente y con vigor, como una cuestión de liderazgo y testimonio nacional (no. 20). Y, ¿cómo hacer esto? De muchas maneras, dependiendo del estado de vida de cada cual, de sus habilidades y de su lugar particular en la sociedad. Cada uno de estos factores entra a tomar parte en la forma en que se ha de vivir el Evangelio de la Vida. Un reto común para todos nosotros es llegar a comprender lo que esto exige y comprometernos a aceptar la responsabilidad personal de que cada uno es capaz.
El mensaje primordial del Evangelio de la Vida radica en que todos estamos llamados a practicar nuestra fe, no como un acto de piedad privado, sino abiertamente, como un testimonio de su mensaje central, proclamándola en medio de la plaza. "La vida en Cristo es una vida de testimonio vivo. Exige liderazgo moral". (no. 26)
Y, ¿dónde podemos comenzar? En Vivir el Evangelio de la Vida, los obispos nos aclaran que "la opción de cierta manera de actuar es siempre y radicalmente incompatible con el amor de Dios y la dignidad de la persona" (no. 21), tal como la destrucción voluntaria de una vida humana inocente. El aborto, por consiguiente, no puede ser jamás una opción moralmente tolerable. La eutanasia y el suicidio asistido, igualmente, no pueden ser tampoco moralmente tolerables. Los obispos insisten que los católicos deben convertirse en protectores de todos cuantos sufren a causa de la pobreza, del racismo, del hambre, de la falta de vivienda y de programas de salud. Ellos hacen uso de la metáfora de cómo se construye una casa para explicar la necesidad que hay de construir planes de acción consistentes que protejan, fomenten y ayuden a mantener la vida humana. "Si entendemos que la persona es el 'templo del Espíritu Santo' –la morada viva de Dios", explican los obispos, entonces la cuestión de la dignidad humana es, "lógicamente las paredes y las vigas de esa casa" y "cualquier ataque directo a la vida humana inocente, tal como el aborto o la eutanasia, es un ataque a las bases de esa morada". (no. 23)
Todos tenemos una grave responsabilidad de persuadir a los demás de que la vida humana es un don de Dios sobre el cual no tenemos ninguna autoridad, desde el momento mismo de la concepción hasta que llegue a su fin natural. Y que de hecho, el final de la vida no es otra cosa que un paso hacia una nueva existencia. Si la sociedad en general continúa rechazando el verdadero significado de la libertad –que no es otro que escoger siempre la vida– nos seguiremos moviendo cada día más hacia un mundo en el que el poder, y no la verdad, prevalecerán. En un mundo como tal, la vida humana quedará siempre amenazada. Solamente en un mundo que reconozca que la vida es un regalo de Dios, los seres humanos y las sociedades humanas tendrán la oportunidad de sobrevivir y de poder gozar de prosperidad.
El Padre J. Augustine DiNoia, O.P., es Director Ejecutivo del Secretariado para la Doctrina y la Pastoral, así como también profesor de teología en la Facultad Pontificia de la Casa de Estudios de los Padres Dominicos y profesor adjunto en el Instituto de Estudios sobre la Familia y el Matrimonio Juan Pablo II, en Washington, D.C. Igualmente sirve en la Comisión Teológica Internacional. Es el editor principal de The Thomist, y en 1998 recibió la Maestría de Teología Sagrada de la Orden de los Dominicos.

![[home]](/prolife/images/usccb_logo.gif)