JUSTICIA, MISERICORDIA Y PENA CAPITAL

Reverendísimo Monseñor Charles J. Chaput, O.F.M. Cap.

"Pues sus proyectos no son los míos, y mis caminos no son os mismos de ustedes, dice Yahvé." (Isaías 55:8)

LA IMPORTANCIA DE LA ACCIÓN

Escribir acerca del perdón puede ser fácil. Animar a otras personas a perdonar puede ser fácil. Pero, cuando llega nuestro turno de perdonar –perdonar a alguien que nos ha herido, nos ha robado, nos ha humillado o destruido algo valioso de nuestra vida que quedó perdido para siempre– perdonar nunca es fácil.

Cathlynn Morse conoce esto de primera mano y compartió su historia conmigo en una nota el pasado marzo, que coincidió, aunque sin intención pero casi perfectamente, con el 10mo aniversario de la gran encíclica del Papa Juan Pablo II El Evangelio de la Vida.

Querido Arzobispo:

Mi hijo murió el 22 de junio de 2002, asesinado por un extraño en una fiesta. Mi muchacho, Christopher, tenía 21 años de edad –exactamente un mes antes de cumplir 22– y era cristiano.

Chris estaba desarmado y trató de convencer a un miembro de una pandilla de que no disparara a sus amigos. Mi hijo fue baleado directamente en el corazón. Creo que mientras se desangraba, Jesús estaba entrando en él: "No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos." Esto sucedió en Anaheim, California. Yo fui confirmada en la iglesia católica de San Juan Evangelista, en Loveland, en abril de 2003 después de más de dos años de leer espiritualidad católica, asistir a retiros y completar el R.I.C.A.

Mi fe y la conexión espiritual que siento hacia María y la Iglesia me han sotenido durante los momentos más oscuros desde el asesinato de Chris. Me queda un hijo, Andre, de 25 años, quien todavía vive en California con su esposa. Yo ruego diariamente por su conversión a la religión cristiana.

Desde los 14 años de edad, cuando comencé a entender con mayor profundidad a Jesús y sus enseñanzas de amor en el Evangelio, no he creído en la pena capital ni en la guerra, aunque comprendo la definición de la Iglesia de una "guerra justificable". Creo que toda vida es sagrada. Incluso ahora rezo por el hombre que asesinó a mi hijo. No soy perfecta; yo misma cometí un asesinato al abortar cuando era joven, así que, ¿cómo puedo tirarle piedras a este hombre? Recientemente participé en un retiro para mujeres que han tenido abortos, lo que me ayudó a pedir perdón, y a perdonarme a mí misma.

El sistema legal no siempre funciona. Las autoridades no han presentado cargos contra el hombre que asesinó a mi hijo porque está en prisión por un crimen similar, cumpliendo una sentencia de 15 años a cadena perpetua, aunque está claro para la Policía y el fiscal del distrito que mi hijo fue asesinado. Es duro para mi aceptar esto, lo que traería una sensación de conclusión para mí, pero estoy tratando. Mis hijos son de raza mixta y este sería considerado un crimen de "negro contra negro", que presiento también habrá influenciado las decisiones de las autoridades.

Mi creencia de que toda vida es sagrada no ha cambiado. No creo que la pena de muerte sea una opción legítima de la sociedad.

Me siento bendecida de que nuestros obispos hablen en contra de la pena capital; me recuerda lo agradecida que estoy de convertirme en católica. Soy una persona directamente afectada por la violencia en mi vida, específicamente la violencia del asesinato. Pero mi fe en un Dios amoroso y clemente me dice que la pena capital es moralmente equivocada. Gracias por la presencia de la Iglesia.

Una de su rebaño,
Cathlynn Morse
Loveland, Colorado

He leído y releído muchas veces la carta de Cathlynn. Me recuerda que la misericordia nunca es la obra de un cobarde. Es siempre la marca de los fuertes. Y aunque Cathlynn comparte su experiencia más abiertamente que otros padres con similares historias, ella de ninguna manera está sola. Muchos padres, cónyuges y amigos de víctimas de asesinato han descubierto en sus propias pérdidas y sufrimiento que la violencia, incluso en nombre de la justicia, frecuentemente engendra más violencia.

Cathlynn Morse, la madre de un muchacho asesinado, quiere que se ponga fin a la pena de muerte. Creyentes católicos de todo el país, pertenecientes a los diferentes partidos políticos, deben trabajar juntos para que esto ocurra. La "santidad de la persona humana" es una idea verdadera y poderosa construida sobre palabras verdaderas y poderosas. Pero en último instancia, las palabras son baratas. Las obras son lo que importa. El momento de actuar es este. Es tiempo de terminar con la pena capital –ahora.

 

EL FRACASO DE LA PENA CAPITAL

A simple vista, el argumento a favor de la pena capital luce persuasivo. La mayoría de la gente vive honestamente, se comporta decentemente y desea comunidades gobernadas con justicia – tanto para los inocentes como para los culpables.La gente decente teme a la violencia en la sociedad, lo cual es comprensible. Necesitan defenderse y defender a sus hijos. La pena de muerte tiene una cualidad bíblica de equilibrio: castigo grave para crimen grave. Mucha gente buena la ve como un disuasivo para males graves; e incluso cuando el disuasivo falla, razonan ellos, al menos puede llevar justicia y conclusión emocional para los familiares de las victimas de asesinato.

Este es un argumento poderoso, especialmente a la luz de la brutalidad que vemos cada día en las noticias. Pero es erróneo, y necesitamos alejarnos de él –no sólo por el criminal condenado cuya vida cuelga en la balanza, sino para proteger nuestra propia dignidad humana otorgada por Dios. Las razones son simples.

La evidencia contra la pena capital muestra claramente que ésta no funciona como disuasivo – pero imaginemos que sí lo hace.

La evidencia sugiere de manera sólida que personas inocentes son a veces condenadas y ejecutadas; que nuestro sistema legal discrimina contra las minorías y los pobres; y que los acusados, en muchos estados, obtienen un consejo legal desastroso a menos que puedan pagar algo mejor. Todas estas cosas parecen verdad –pero, ignorémoslas.

En vez de eso, asumamos que un acusado es genuinamente culpable de un asesinato brutal y premeditado; que él o ella obtienen una excelente ayuda legal y el debido proceso; y que un jurado justo halla convicto a nuestro acusado después de cuidadosa e inteligente deliberación. Matar al culpable sigue siendo la opción incorrecta para una nación civilizada. ¿Por qué? No logra nada. No trae de vuelta ni honra al muerto. No ennoblece la vida. Y aunque puede aplacar la cólera de la sociedad por un tiempo, no puede ni siquiera liberar de su sufrimiento a los dolientes de la victima. Es algo que sólo el perdón puede lograr.

Lo que la pena de muerte logra es cerrar un caso ejerciendo derramamiento de sangre y violencia contra violencia –lo cual realmente no logra un cierre, porque el asesinato continuará mientras exista el pecado humano, y la pena capital no puede nunca, por su propia naturaleza, arrancar las raíces del crimen. Esto es algo que sólo el amor puede lograr.

Las ejecuciones en Texas actualmente promedian más de una al mes. Ponderen esto a través de los ojos de un joven que lee el periódico. ¿Es esta la manera de definirnos como gente temerosa de Dios? ¿Es este realmente un monumento adecuado a las victimas de asesinato? "Enviando una señal" a potenciales asesinos, ¿nos damos cuenta de que también les mostramos a nuestros hijos un mensaje de violencia patrocinada por el Estado?

La realidad de cualquier homicidio rompe el corazón, más allá de cualquier descripción. No podemos presumir que comprendemos las profundas y amargas heridas personales que sufren quienes pierden un ser querido por el asesinato. Como personas, nunca debemos permitirnos el lujo de olvidar la injusticia ocasionada a las victimas de asesinato, quienes no pueden expresarse –o nuestra obligación de hacer al culpable pagar plenamente por su delito.

Pero, como mostró Jesús una y otra vez mediante Sus palabras y obras, el único verdadero camino a la justicia pasa por la misericordia. La Justicia no puede ser servida por más violencia. En el mundo del año 2005 la pena capital se ha convertido en otro narcótico que nosotros, los estadounidenses, usamos para aplacar otras, mucho más profundas, ansiedades que nos causa el camino hacia donde nos lleva nuestra cultura. Las ejecuciones pueden hacer desaparecer algunos de los síntomas por cierto tiempo ("síntomas" vivientes, humanos, con sus propios nombres e historias ante Dios), pero la enfermedad subyacente –el desprecio actual por la vida humana– sigue ahí y empeora cada día.

En Génesis 4:10-16, el primer asesino –Caín, quien trajo el derramamiento de sangre al mundo– recibió clemencia del Dios de justicia. Deberíamos recordar que los caminos de Dios no son los nuestros; son mejores y más sabios. El corazón de Dios, a diferencia del nuestro, es impulsado por el amor, no la ira. En última instancia, una cultura define su carácter moral por el valor que otorga a la vida humana, particularmente a aquellas vidas que parecen más agobiantes, poco importantes o indignas. Los criminales violentos presentan un desafío moral especialmente discordante para nosotros, porque su propia crueldad los ha empujado a los márgenes de la sociedad. Reconocer la condición humana de un criminal es amargamente difícil cuando nuestros corazones están nublados por el dolor.

Pero, la misma aguja que inyecta el veneno al asesino en cada ejecución también nos envenena a nosotros como cultura. Pagar crueldad con crueldad no equivale a justicia.

 

LO QUE LA IGLESIA ENSEñA Y PORQUé

La enseñanza católica sobre la pena de muerte se comprende mejor al observarla a través de dos lentes: lo que es, y lo que no es.

La crítica de la Iglesia a la pena capital no es una evasión de la justicia. Las victimas y quienes les sobreviven tienen derecho a reparación, y el Estado tiene derecho a hacer cumplir esa reparación e imponer "castigos graves por crímenes graves".

No es un rechazo absoluto al uso de fuerza letal por el Estado. La pena de muerte no es intrínsecamente mala. Tanto la Sagrada Escritura como una larga tradición cristiana reconocen la legitimidad de la pena de muerte bajo ciertas circunstancias. La Iglesia no puede repudiar eso sin repudiar su propia identidad.

No es una idolatría de los derechos individuales –en este caso los derechos del asesino. La enseñanza social católica descansa sobre dos pilares iguales: la dignidad de la persona individual, y el bien común. El derecho a la vida que tiene el condenado de asesinato debe equilibrarse frente al derecho de la sociedad a la justicia y la seguridad.

Finalmente, no es una falsa ecuación de asuntos relacionados pero distintos. La enseñanza católica sobre eutanasia, pena de muerte, guerra, genocidio y aborto, está fundamentada en la misma preocupación por la santidad de la persona humana. Pero, estos diferentes asuntos no tienen todos la misma gravedad o contenido moral. No son equivalentes.

La guerra puede a veces ser legítima como forma de defensa propia. Lo mismo puede aplicarse, en circunstancias extraordinarias, a la pena de muerte. Pero la eutanasia es siempre un inexcusable ataque contra el débil. El genocidio es siempre asesinato premeditado de grupos enteros de personas. Y el aborto es siempre un asalto deliberado contra un niño no nacido indefenso e inocente. Nunca puede ser justificado. Es siempre –e intrínsecamente– incorrecto en grado extremo.

Lo que la enseñanza católica sobre la pena de muerte implica es esto: un llamado a echar a un lado la violencia innecesaria, incluyendo la violencia por parte del Estado, en nombre de la dignidad humana, y la construcción de una cultura de vida. Luego del siglo más sangriento en la historia humana, la Iglesia nos invita a recuperar nuestra propia humanidad, escogiendo el camino superior de Dios, que consiste en moderación y misericordia en vez del asesinato aprobado por el Estado que nos implica a todos como ciudadanos.

El Catecismo de la Iglesia Católica lo explica con estas palabras: "Si los medios incruentos bastan para proteger y defender del agresor [p. ej. el reo condenado] la seguridad de las personas la autoridad se limitará a esos medios, porque ellos corresponden mejor a las condiciones concretas del bien común y son más conformes con la dignidad de la persona humana." (2267) El Papa Juan Pablo II, en El Evangelio de la Vida, subraya que "la medida y la calidad de la pena [para crímenes capitales] deben ser valoradas y decididas atentamente, sin que se deba llegar a la medida extrema de la eliminación del reo salvo en casos de absoluta necesidad, es decir, cuando la defensa de la sociedad no sea posible de otro modo. Hoy, sin embargo, gracias a la organización cada vez más adecuada de la institución penal, estos casos son ya muy raros, por no decir prácticamente inexistentes." (56)

En las modernas sociedades industrializadas, matar a los convictos de asesinato no añade nada a la seguridad de nadie. Es un exceso. No puede ser justificado, excepto en las más extraordinarias condiciones. Aún más, para Juan Pablo II, el castigo de cualquier crimen debe buscar no sólo reparar lo mal hecho y proteger la sociedad. También debe alentar la posibilidad de arrepentimiento, restitución y rehabilitación de parte del criminal. La ejecución elimina toda esa esperanza.

 

EL CAMINO QUE QUEDA

El gobierno tiene la obligación de personificar los más altos ideales de un pueblo. Como pueblo libre, los estadounidenses son mejores, más decentes y humanos que con las innecesarias ejecuciones que llevamos a cabo cada semana. Somos mejores que las innecesarias ejecuciones que tenemos planeadas para los próximos meses.

Para crédito suyo, más y más católicos entienden esto. La Encuesta de Zogby, publicada en marzo pasado, muestra una gran disminución en el apoyo católico a la pena de muerte –menos de 50% la apoya ahora– es un gran signo de esperanza.

Los resultados muestran también, algo muy importante, que el apoyo católico a la pena de muerte decrece con la asistencia regular a la iglesia. Mientras más activos en su fe se vuelven los católicos, más comprometidos se tornan hacia la santidad de la vida humana en todas sus fases, así como más abiertos hacia la enseñanza de la Iglesia sobre la pena de muerte. Esto no debe sorprender a nadie. Mucho de este patrón se evidenció en las elecciones de 2004, cuando los católicos comprometidos tendieron a rechazar las evasiones "pro-elección" en el tema del aborto.

En enero de 2003, el saliente gobernador de Illinois tomó la extraordinaria decisión de perdonar cuatro reos del pabellón de la muerte y conmutar los restantes 167 a cadena perpetua o menos. él explicó estas acciones diciendo: "Mi meta era detener el asesinato de personas inocentes por parte del estado. Estuvimos a punto de ejecutar12 o 13 inocentes. Teníamos un sistema que no funcionaba".

El gobernador reconoció que los fallos en la maquinaria de pena de muerte de Illinois se habían agravado demasiado como para ser ignorados. Ejerciendo sus facultades de clemencia, él actuó dentro de los derechos otorgados a su cargo –pero, aun más importante, hizo lo correcto. Como ciudadanos, nuestras decisiones y acciones importan, porque contribuyen a crear el futuro en que habitarán nuestras familias y nuestra nación. Lo que elegimos, lo que hacemos, se convierte en lo que somos. En las propias palabras de Dios en el Deuteronomio:

"Te puse delante la vida o la muerte, la bendición o la maldición. Escoge, pues, la vida para que vivas tú y tu descendencia." (30:19).

Optar contra la pena de muerte es optar a favor de la vida. Necesitamos acabar con la pena de muerte ahora.


El reverendísimo monseñor Charles J. Chaput, O.F.M. Cap., es Arzobispo de Denver, Colorado. Actualmente es miembro o asesor de varios comités episcopales, incluyendo los que conciernen a los Amerindios Católicos, Selección de Obispos, Santuarios, y el Comité de Acción sobre los Obispos Católicos y los Políticos.

Traducción por Marina A. Herrera, Ph.D., Bethesda, Maryland.

 

 

PROGRAMAS MODELOS

Contacte a sus funcionarios electos para hablar contra la pena capital. Dialoguen acerca de la enseñanza católica sobre la pena de muerte y los pasos que podrían tomarse en los ámbitos estatal y nacional para reducirla o eliminarla. Para recibir información sobre los esfuerzos que se realizan en el ámbito nacional contra la pena de muerte, o vincularse con los esfuerzos en determinado estado, visite la Oficina de Desarrollo Social Doméstico de la Campaña Católica para Terminar la Pena de Muerte de la USCCB, en www.ccedp.org.

Establezca un ministerio parroquial para reos del pabellón de la muerte. Por ejemplo, la parroquia de Santa Rosa en la Diócesis de Toledo ayudó a abrir una revista, Compasión, escrita por y para reos del pabellón de la muerte. La revista se envía gratis a prisioneros del pabellón de la muerte en todo el país. Los suscriptores, incluyendo reos del pabellón de la muerte, también crearon una beca colegial para beneficio de familiares de víctimas de asesinato. Para más información, visite www.strosepb.org/bulletins/compassion.pdf.

Pídales a las familias de la parroquia que coloquen en una caja de zapatos artículos como: shampoo, jabón, peine, cepillo y pasta dental, desodorante, un Nuevo Testamento de bolsillo, un libro, un paquete de naipes, papel de escribir y sellos. Coordine la entrega de estas cajas de regalos con el capellán de alguna instalación cercana. Se pueden incluir notas de aliento y promesas de oraciones.

Organice un ministerio para miembros de la parroquia que han sido víctimas de violencia. Para víctimas que pudieran tomar parte en algún juicio, este ministerio podría proporcionar apoyo acompañándolos a la corte, cuidándoles los niños, preparándoles comida. En otros momentos, este ministerio podría escribir cartas o enviar tarjetas a miembros de la familia o amigos cercanos para el cumpleaños y el aniversario de la muerte de un ser querido, así como el Día de los Fieles Difuntos

 

MATERIALES DISPONIBLES

Documentos

El Evangelio de la Vida. Papa Juan Pablo II, 1995. Washington, D.C.: USCCB. (Inglés y español, $9.95). Disponible en /prolife/tdocs/evangel/evangeli.htm.

Llamado del Viernes Santo para abolir la pena de muerte. NCCB. Washington, D.C.: USCCB (Inglés y español, 25/$10). Disponible en /sdwp/national/criminal/appeal.htm.

Responsibilidad, rehabilitación y restitución. La perspectiva católica de la delincuencia y justicia penal. NCCB, 2000. Washington, D.C.: USCCB (Inglés y español, $5.95). Disponible en /sdwp/criminal.htm.

Declaración sobre la Pena Capital. United States Catholic Conference, 1980. Washington, D.C.: USCCB ($2.50). Disponible en /sdwp/national/criminal/death/uscc80.htm.

 

Materiales impresos

Against Capital Punishment: The Anti-Death Penalty Movement in America, 1972-1994. Herbert H. Haines. Cary, N.C.: Oxford University Press, 1996 ($19.95).

Against the Death Penalty: Christian and Secular Arguments Against the Death Penalty. Mark Constanzo. Scottsdale, Pa.: Herald Press, 1997 ($14.99).

CACP News Notes. Bimonthly newsletter. Catholics Against Capital Punishment. Bethesda, Md. (gratis). Visite www.cacp.org or call 301-652-1125.

The Catholic Citizen: Debating the Issues of Justice. Kenneth D. Whitehead (ed.) South Bend, Ind.: St. Augustine's Press, 2004 ($17.00).

Catholics and Capital Punishment: The Morality of Capital Punishment According to Church Teaching. Augustine Judd, O.P. New Haven, Conn.: Knights of Columbus Catholic Information Service, 1998.

Catholics and the Death Penalty:Six Things You Can Do to End Capital Punishment. Robert H. Hopcke. Cincinnati, Oh:St. Anthony's Messenger Press, 2004 ($4.95).

Capital Punishment and Roman Catholic Moral Tradition, E. Christian Brugger.Notre Dame, Ind.:University of Notre Dame Press, 2003 ($50.00).

Capital Punishment in the United States: A Documentary History. Bryan Vila and Cynthia Morris (eds). Westport, Conn.: Greenwood Press, 1997 ($49.95).

Choosing Mercy: A Mother of Murder Victims Pleads to End the Death Penalty. Antoinette Bosco. Maryknoll, N.Y.: Orbis Books, 2001 ($17).

Dead Men Walking: An Eyewitness Account of the Death Penalty in the United States. Sr. Helen Prejean. New York: Random House, 1993 ($13).

The Death Penalty: An Historical and Theological Survey. James J. Megivern. Mahwah, N.J.: Paulist Press, 1997 ($29.95).

The Death Penalty in America: Current Controversies. Hugo Adam Bedau, (ed). New York: Oxford University Press, 1998 ($21.50).

The Killing State: Capital Punishment in Law, Politics, and Culture. Austin Sarat (ed). Port Chester, N.Y.: Cambridge University Press, 1998 ($39.95).

Re-examining the Death Penalty. Maryland Catholic Conference. Annapolis, Md.: Maryland Catholic Conference, 2005.Visite www.mdcathcon.org or call 410-269-1155.

 

Audiovisuales

The Death of Morality. 12-min. video y guía de estudio. Kentucky Catholic Conference. Mercy and Justice:The Morality of the Death Penalty. video de 18-min. Diócesis de Brooklyn Sanctity of Life Commission.

Our Faith, Our Case Against the Death Penalty. video de 10-min y guía de estudio. Diócesis de Beaumont Office of Criminal Justice Ministry.

Talking About the Death Penalty. 10-min. video. Diócesis de Fort Wayne-South Bend, Family Life Office, 1999 ($5).

Para salir el otoño de 2005: Un nuevo video sobre la enseñanza católica y la pena de muerte. USCCB Office of Domestic Social Development. Visite www.usccb.org/sdwp/national/index.htm.

 

Internet

USCCB
www.usccb.org/sdwp/national/deathpenalty and www.ccedp.org

Catholics Against Capital Punishment [Católicos en contra de la pena capital]
www.cacp.org

Death Penalty Information Center [Centro de información sobre la pena capital]
http://deathpenaltyinfo.org

Murder Victims' Families for Human Rights. [Familias de Víctimas de asesinatos en pro de los Derechos Humanos]
www.murdervictimsfamilies.org

Murder Victims' Families for Reconciliation [Familias de Víctimas de asesinatos en pro de la Reconciliación]
www.mvfr.org

Email us at prolife@usccb.org
Pro-Life Activities | 3211 4th Street, N.E., Washington DC 20017-1194 | (202) 541-3000 © USCCB. All rights reserved.



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