Cardenal William H. Keeler
Presidentde del Comité de Actividades Pro-Vida
United States Conference of Catholic Bishops
26 de septiembre del 2006
En todo Estados Unidos las parroquias católicas están preparándose una vez más para celebrar el Domingo de Respeto a la Vida, que este año cae el 1 de octubre. Esta ocasión sirve para reconocer, con gratitud y con un profundo sentido de asombro, el misterio de la vida humana: por ser cada uno de nosotros creado, amado y redimido por Dios, toda vida humana es invalorable, y merece respeto y protección.
Asimismo, hacemos una pausa para agradecer a quienes ayudan a fomentar el respeto a la vida: en los centros de atención del embarazo, hospicios, asambleas legislativas, hogares, escuelas y lugares de trabajo. Gracias a sus esfuerzos podemos señalar que hay permanentes signos de progreso hacia una cultura que vele por la vida humana. Los jóvenes van adelante con su entusiasta participación en la educación y activismo pro-vida. Igualmente impresionante es el creciente número de jóvenes comprometidos a vivir castamente hasta el matrimonio, una tendencia que ha contribuido sustancialmente a la continua disminución de los abortos.
El sentimiento público en general también está cambiando. Hoy, sólo una pequeña minoría de estadounidenses favorece la política de aborto virtualmente ilimitado impuesta a nuestra nación por las decisiones de la Corte Suprema de Estados Unidos sobre el aborto. Incluso leyes para impedir el asesinato de niños que ya están cuatro quintos fuera del útero han sido declaradas inconstitucionales. El debate público sobre el aborto de nacimiento parcial ha hecho despertar a muchos estadounidenses sobre la violencia del aborto, y en breve la Corte Suprema misma echará otra mirada a la cuestión cuando revise una prohibición federal a esta horrenda práctica. También es alentadora para una cultura de vida la mayor oposición, particularmente entre los católicos comprometidos, al uso de la pena de muerte.
Estos y otros signos de progreso son verdaderos avances. Otras recientes innovaciones, aunque saludadas como forma de progreso técnico, son regresivas y dañinas en sus efectos sobre la vida humana. La píldora abortiva RU-486 fue recibida como una forma "segura" de interrumpir un embarazo. Pero para cientos de mujeres estadounidenses, un aborto con este método ha significado visitas a emergencia para recibir transfusiones de sangre, cirugía de emergencia o tratamiento de infecciones serias y a veces letales.
Otro fármaco, llamado Plan B, ha sido aprobado por la Administración de Alimentos y Medicamentos como "anticonceptivo de emergencia". Sin embargo, la información presentada a farmacéuticos y médicos para su prescripción admite que el fármaco puede a veces actuar de modo que hace imposible la supervivencia de un embrión recién concebido. Para las mujeres los riesgos incluyen una gran variedad de desórdenes hemorrágicos y un mayor riesgo de embarazo ectópico.
En el campo de la investigación con células madre, la promesa genuina y creciente de tratamientos con células madre adultas suele ser minimizada o ignorada, a la vez que se hacen afirmaciones exageradas e incluso fraudulentas postulando vías que requieren la destrucción de vidas humanas en sus inicios. Una "Iniciativa de Investigación y Curas con Células Madre" presentada para las elecciones de noviembre en Missouri hace las acostumbradas afirmaciones irresponsables sobre "curas milagrosas" a partir de células madre embrionarias, y añade su propio sesgo cínico: aunque afirma prohibir la clonación humana, en realidad elevaría la clonación de embriones humanos con fines de investigación destructiva a la condición de derecho constitucional.
En 1973 la Corte Suprema ignoró los hechos de la vida humana en el vientre, así como los hechos sobre los efectos negativos del aborto sobre las mujeres, para encontrar un "derecho" constitucional al aborto. Hoy, de la misma manera, poderosos grupos de nuestra sociedad suelen ignorar hechos básicos para promover una visión estrecha y divisiva de la persona humana, una visión en que la vida humana es un simple problema, o incluso un objeto de investigación y explotación, en vez de ser el divino misterio que verdaderamente es. Eduquémonos y motivémonos para asegurar que la verdad —la verdad científica y médica, y la verdad profunda sobre la dignidad de cada persona humana— configure y guía cada vez más las decisiones de nuestra sociedad sobre la vida humana.

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