Vicki tiene 19 años; buena estudiante, buenas calificaciones; muchas amistades. Pero las calificaciones han bajado, y últimamente no quiere ver a sus amigos, ni siquiera a Andrés. él la ayudó mucho cuando se enteraron de que estaba embarazada. él la llevó a Planned Parenthood y se quedó con ella. Hasta pagó por el aborto. Andrés dijo que podrían tener un bebé más adelante. El consejero en el centro de salud de la universidad le dijo que si tenía un aborto, todo saldría bien. Pero Vicki no se siente bien. Ella realmente no siente nada.
Enrique está contento con la ejecución del asesino y no le importa contarle a todos los que estén dispuestos a escucharle. No se puede imaginar cómo alguien quiera proteger a un tipo que mató a tres personas. Enrique hasta le dijo a unos compañeros de trabajo que él está dispuesto a tratar de convencer de su error al grupo que seguramente estará allí rezando y protestando. Su hija piensa diferente. Habla de la violencia; dice que tenemos que ponerle fin en algún sitio. Dice que una sentencia de cadena perpetua es igualmente severa y el asesino no puede hacer daño a nadie más si está en la cárcel. Enrique dice que no hará daño a nadie ¡solamente cuando esté muerto! Pero algunas veces la hija de Enrique lo hace sentirse culpable, como si él mismo quisiera matar al asesino.
Kate tiene Alzheimer. Algunas veces no se acuerda de algunas cosas, no importa el esfuerzo que haga. Ella sabe que se pondrá peor y tiene temor de convertirse en una carga para David y sus hijos ya adultos. No sabe a quién acudir y por eso le pidió a David que la ayude a quitarse la vida cuando esté muy mal, o que busque a un doctor que los ayude. Ella dice que en Oregón, los médicos pueden prescribir una sobredosis para personas como ella. Pero David no lo puede creer. él quiere mucho a Kate y quiere cuidarla. Y él pensaba que ella hubiera querido cuidarlo a él si la situación fuera la opuesta. Lo extraño es que ella lo haría.
Diferentes historias. Diferentes situaciones, pero con un hilo común. Un hilo, entretejido de tal manera en el tapiz de nuestra sociedad, que es difícil verlo.
¿Qué tienen en común esas personas ordinarias? Enfrentando problemas serios, cada uno está dispuesta a ver la muerte, la suya propia o la de otro, como la solución. Vicki escoge la muerte de su hijo. Enrique, la del asesino condenado. La opción de Kate es buscar ayuda para poner fin a su propia vida.
Vicki, Enrique, Kate. No son muy diferentes a miembros de nuestra familia o a nuestras amistades o a nosotros mismos. Son gente ordinaria tratando de evitar el sufrimiento o las dificultades. Gente, tal vez, que está atrapada por las circunstancias, o se siente atrapada y no sabe a dónde ir.
Hubo un tiempo cuando la mayoría de la gente veía la vida como el más grande regalo de Dios. Los niños se consideraban una bendición. La vida era respetada sin importar los años, la incapacidad o la enfermedad. Nuestro propio país fue fundado en la creencia de que el derecho a la vida es sagrado e inviolable.
Pero durante las últimas décadas hemos perdido el camino. Tanto así, que actos que una vez se trataban como crímenes ahora se consideran "derechos". Nos hemos ido deslizando, a menudo sin darnos cuenta, hacia lo que el Papa Juan Pablo II llama la cultura de la muerte.
Como individuos y como nación, debemos preguntarnos: ¿Cómo tratamos el don divino de la vida? ¿Tratamos la vida humana con la reverencia que merece? Es sólo con los seres humanos que Dios comparte algo de sí mismo. Entre todas sus criaturas, los humanos somos los únicos capaces de conocerlo y amarlo, y por su propio libre albedrío podemos escoger parecernos más a Dios. ¿Cuál otra criatura anhela la verdad, la justicia, la belleza y el amor, y a Dios, la fuente de todo?
Pero hoy día, nuestra nación tolera y algunas veces hasta promueve la matanza intencional de seres humanos –mediante abortos y la investigación destructiva del embrión, con la ejecución de criminales, con el suicidio asistido. Transformar la cultura de la muerte no será fácil. Pero se puede lograr y tenemos que empezar con nosotros mismos.
En algún momento de nuestra vida hemos dependido de otros. En agradecimiento, tenemos que cuidar y darle la mano a aquellos que lo necesiten. Podemos mostrarles con las palabras y el ejemplo que hay mejores soluciones para sus problemas; las cosas que Dios espera de su pueblo.
Podemos ayudar a la gente a entender que la matanza sancionada por el Estado no es digna de una criatura de Dios; que hay otras maneras de proteger a la sociedad de aquellos que han causado grandes daños. Las mujeres tentadas a abortar necesitan saber que no están solas, y que hay ayuda disponible para las necesidades de un embarazo, adopción y provisiones para el bebé. Tenemos que estar con aquellos que están desahuciados y con sus familias, ofreciéndoles ayuda, amistad y ánimo, y nunca abandonándolos.
Podemos, trabajando duro y con la ayuda de Dios, trasformar nuestra cultura para que respete la vida. Deberá empezar en nuestro propio corazón, con reverencia para cada vida humana que Dios ha llamado a la existencia. Tenemos que cuidar por los demás porque Dios nos ha dado la responsabilidad hacia ellos –el niño no nacido, la mujer moribunda, y hasta el asesino condenado justamente. Ninguna vida humana deberá estar fuera de nuestro cuidado, porque nadie está fuera del cuidado del amor de Dios.
Para más información sobre estos y otros asuntos relacionados vea la página digital www.usccb.org/prolife.

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