By Kimberly Baker
15 de abril de 2011
Las actividades de beneficencia siempre han sido parte de la actividad apostólica de la Iglesia y han tenido lugar en el transcurso de los siglos: la fundación de escuelas y hospitales, la atención de los pobres y los sin techo, etc. Hay dos principios espirituales que animan esta actividad. En primer lugar, la conciencia de la dignidad inherente de la persona, y la convicción de que cada persona merece que se respete esta dignidad.Segundo, la conciencia de que la Iglesia (en especial, a través de los laicos) debe ayudar a construir el mundo y mejorar la sociedad.Este concepto se expresa de una manera bella en el documento del Concilio Vaticano Segundo, Gaudium et Spes:“Cree la Iglesia que de esta manera, por medio de sus hijos y por medio de su entera comunidad, puede ofrecer gran ayuda para dar un sentido más humano al hombre a su historia” (No. 40).
Gaudium et Spes, aunque fue escrita hace casi 50 años, captura el ideal positivo del alcance apostólico de la Iglesia Católica y su capacidad de abrir el misterio y la complejidad de la condición humana. Quienes trabajan en los diversos ministerios de la Iglesia ayudan a aliviar el sufrimiento en este mundo y dar un testimonio a la sociedad.
El documento continúa:“Como a la Iglesia se ha confiado la manifestación del misterio de Dios, que es el fin último del hombre, la Iglesia descubre con ello al hombre el sentido de la propia existencia, es decir, la verdad más profunda acerca del ser humano.Bien sabe la Iglesia que sólo Dios, al que ella sirve, responde a las aspiraciones más profundas del corazón humano, el cual nunca se sacia plenamente con solos los alimentos terrenos” (No. 41).
Entonces no es coincidencia que la dignidad de la persona humana se cite con frecuencia a lo largo de los documentos de enseñanza de la Iglesia y las encíclicas papales desde el tiempo del Concilio. Parce ser un tema recurrente, no, un rasgo fundamental, vincular todas las enseñanzas morales y actividades de beneficencia de la Iglesia.
El Papa Benedicto XVI ha hablado de la dignidad de la vida humana como un hilo conector y fundacional para todos los demás elementos que contribuyen a una manera de vivir en conformidad con el respeto por la persona:“Queridos amigos, la creación de Dios es única y es buena. La preocupación por la no violencia, el desarrollo sostenible, la justicia y la paz, el cuidado de nuestro entorno, son de vital importancia para la humanidad. Pero todo esto no se puede comprender prescindiendo de una profunda reflexión sobre la dignidad innata de toda vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural,una dignidad otorgada por Dios mismo y, por tanto, inviolable” (Discurso en el Muelle Barangaroo, Sydney, 17 de julio de 2008).
Recordemos las dimensiones espirituales y humanas que iluminarán nuestro testimonio católico y contribuirán a una presencia positiva de la Iglesia en el mundo.No hay ser humano que no cuente, no hay ninguna persona que Dios haya alguna vez olvidado, no hay vida humana que no valga la pena vivir. Como miembros de la Iglesia, cada uno de nosotros tiene la capacidad de afirmar la dignidad de nuestro prójimo, y acercar a los demás a Cristo en las actividades cotidianas.Cada uno de nosotros puede ser una presencia humanizadora en un mundo a veces inhumano.Kimberly Baker es asistente de personal para el Secretariado de Actividades Pro-Vida de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos. Para más información sobre las actividades pro-vida de los obispos, visite www.usccb.org/prolife.

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