| LA ESQUINA DEL DIRECTOR EJECUTIVO |
Construyendo El Puente Cultural: Una Anécdota Personal
APRIL 2009
Muchos comentaristas de la cultura estadounidense de hoy se han dado cuenta del papel tan negativo que ha jugado el temor en nuestro país, especialmente, desde la tragedia del once de setiembre. Como católicos, arraigados en el Evangelio de Jesucristo, conocemos bien el papel que juega el temor en las actitudes y en las acciones de las personas y esto, verdaderamente, es algo muy poderoso. Los eruditos en Sagradas Escrituras nos dicen que uno de los mensajes bíblicos más conocidos es “No temáis”. Sin embargo, acontecimientos como el del once de setiembre vuelven a suscitar temor en nosotros. Una de esas realidades es el terrorismo; la otra es la inmigración. Con frecuencia, las personas ven a los recién llegados, a las personas que hablan idiomas extranjeros, a las que se ven y actúan diferente a la cultura de uno, como una amenaza a nuestra forma de vivir y a nuestras muchas “zonas cómodas”.
La Iglesia Católica juega hoy un papel decisivo en nuestro país sirviendo de puente entre los recién llegados y las comunidades ya establecidas. La Iglesia continúa predicando el mismo mensaje de Jesús: “No temáis”. El servir de puente no es nada nuevo para la Iglesia. Cuando uno lee la historia de la Iglesia Católica en Estados Unidos y se remonta varios siglos, vemos que ella nunca cesó de ser uno de los medios principales para la integración de las nuevas culturas dentro del entorno más amplio de los Estados Unidos. Eso hizo con los irlandeses, los alemanes, los italianos, los pueblos eslavos y muchos otros más. Hoy, sin lugar a dudas, la Iglesia Católica está construyendo puentes entre las crecientes comunidades no-europeas y la ya muy bien establecida comunidad euro-americana. Por ejemplo, vemos que alrededor de 4,000 de nuestras 18,500 parroquias en el país ofrecen servicios en español así como en muchos otros idiomas. Hay una cantidad creciente de parroquias que son “parroquias compartidas”, esto es, parroquias que por lo menos tienen servicios para dos grupos culturales distintos y, a veces, hasta tres o más. La Iglesia Católica hace esto muy bien. Es por esa razón que el gobierno de Estados Unidos tiene contratos con el Migrant Refugee Services de la USCCB para reubicar anualmente a miles de refugiados. Un tercio de todos los refugiados que ingresan anualmente a los Estados Unidos son reubicados a través de esta agencia contando, por supuesto, con la generosa cooperación de Catholic Charities, y de diócesis y parroquias a lo largo y ancho del país.
Cómo deberá ver el católico reflexivo el papel de la Iglesia en la integración de culturas, lo verá como una amenaza a la integridad de nuestras costumbres americanas o como una bendición, como un beneficio, tanto para el país como para la Iglesia? Los obispos no han vacilado en responder a esa pregunta. Esta diversidad es una bendición aunque traiga consigo desafíos y, a veces, hasta incomodidad y dolor. Este es un ejemplo de los ya conocidos dichos: “todo se consigue con esfuerzo” o “quien no arriesga, no gana”.
Años atrás, cuando vivía en California, tuve una experiencia que me ayudó a ver con más claridad lo que significa realmente la creciente presencia hispana en nuestro país. Un líder de la Arquidiócesis de Dubuque, Iowa, me llamó por teléfono para pedirme que pasara un par de días con el arzobispo y con los sacerdotes, diáconos, mujeres y hombres religiosos y ministros eclesiales laicos de esa arquidiócesis discutiendo los orígenes, premisas y relevancia del ministerio hispano en la rápidamente cambiante demografía católica de Iowa. Me dijeron que las parroquias en los pueblos agrícolas de Iowa estaban “cambiando de la noche a la mañana” ya que trabajadores mexicanos inmigrantes estaban llegando y empezando a ocupar los trabajos básicos que nadie más quería hacer. Esto estaba causando mucho estrés y se pensaba que todos tenían que tomar un respiro y aprender más sobre la forma de responder de una manera que fuese compatible con las normas que habían fijado los obispos luego de muchas décadas de reflexión sobre la creciente presencia hispana. Yo le respondí que iría gustoso y fijamos una fecha.
El día siguiente de la llamada era domingo y yo estaba de sacerdote suplente y acababa de decir la Misa de las 7:45 a.m., en español, en la Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe en La Habra, California. El padre Matt Muñoz, amigo mío y uno de los sacerdotes más jóvenes de la diócesis, me vio en la sacristía y me invitó a tomar un café en la rectoría. Matt es un sacerdote muy dinámico y entusiasta a quien conozco desde que él tenía 14 años.
Matt me preguntó qué planes tenía para la próxima semana. Le dije que al día siguiente iba a viajar a Waterloo, Iowa, para dar un taller a los líderes de la arquidiócesis acerca del ministerio hispano. Compartí con él la preocupación respecto a la manera en que la Iglesia estaba cambiando allí debido a la inmigración. Luego de unos momentos, me dijo: “Bueno, dígales a esas personas que el domingo usted estuvo tomando café con el nieto del nativo de Iowa más famoso de todos los tiempos, John Wayne”. De inmediato vi la conexión. Si, Matt es el nieto de John Wayne, hijo de Melinda, la hija de John Wayne. Luego Matt dijo: “Dígales que mi abuelo materno era John Wayne y mi abuelo paterno, Fernando Muñoz, un trabajador agrícola de México. También recuérdeles que mi abuelo Wayne estuvo casado con una señora muy católica, mi abuela Josefina Sáenz, y ellos criaron como católicos a todos sus hijos. Esa es una de las razones más importantes por la que hoy soy sacerdote”.
Esa historia se me quedó grabada en la mente y la imaginación. Mientras que reflexionaba sobre esto, me di cuenta que en verdad ésta es una historia muy simbólica, una que demuestra las fascinantes posibilidades que el desplazamiento de personas y culturas trae consigo. John Wayne es ciertamente un personaje fuera de lo común y se ha convertido casi en un mito. El simboliza muchas de las cualidades que los estadounidenses ven como atractivas y positivas. La combinación de ese símbolo con el trabajador agrícola católico, hombre de familia, trabajador y sacrificado es en verdad una linda idea y si Matt es una indicación de ello, ¡los resultados son excelentes tanto para la Iglesia como para nuestro país! ¿Podría esta historia relacionarse al cambio maravilloso que está ocurriendo en el “mito americano”?
Como ya se pueden imaginar, cuando en mi primera charla empecé a narrarles esta anécdota, fue toda una revelación para los católicos de Waterloo, Iowa. Ella cautivó su atención y hasta sirvió para estimular su imaginación para que pensaran diferente y cambiaran sus actitudes respecto a la “invasión de mexicanos”. Les mencioné también otro hecho. Que, en su lecho de muerte, John Wayne se convirtió al catolicismo y fue recibido en nuestra iglesia por el Arzobispo de Panamá.
Más tarde, un señor ya mayor se me acercó y me dijo: “Bueno, yo creo que usted tiene razón en decir que John Wayne es el nativo de Iowa más famoso de todos los tiempos, pero algunos intransigentes quizás digan que fue Herbert Hoover”.
Fr. Allan Figueroa Deck, SJ, STD, Ph.D.
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